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02 agosto 2015

Cena con los Culvers

Apuntes de verano II.

David-Byrne-True-Stories

True Stories es una película dirigida y protagonizada en 1986 por David Byrne, cantante del grupo americano Talking Heads.

En la película, Byrne, que viste a la usanza texana y conduce un convertible Chrysler LeBaron de color rojo, visita Virgil, una ciudad ficticia de Texas. Allí observa e interactúa con una docilidad casi infantil con sus habitantes mientras preparan la conmemoración del 150 aniversario de la fundación de la ciudad y la independencia de Texas de México.

Posiblemente, la mejor escena de la película (y que casi parece una parodia bizarra de La Última Cena) se desarrolla durante una cena en casa de los Culver en la que están presentes los dos hijos, Linda y Larry, Kay (Annie McEnroe) ama de casa que participa activamente en la organización de los eventos de la ciudad y Earl Culver (Spalding Gray), presidente de Varicorp Corporation, una prominente corporación local que manufactura equipos informáticos y que financia dichas celebraciones.

En la cena, Earl Culver, quien jamás habla directamente a su mujer, improvisa una sorprendente y fascinante predicción sobre el futuro de la Nueva Economía empleando metáforas con la comida que parece tomar vida propia para ilustrar sus puntos. Digo sorprendente porque en 1986, salvo en ciertas zonas de Estados Unidos, esto era ciencia ficción.

Ésta es una transcripción de parte de los diálogos:

- EARL CULVER: ¿Sabes? Larry puede tener un futuro en Varicorp. Con su joven disciplina y conocimientos de sistemas, podría tener un gran porvenir. Y Varicorp está creciendo como si no hubiera mañana. Déjame enseñarte lo que creo que está pasando...

- LINDA: ¿Oís música?

- DAVID BYRNE: ¿Le ocurre algo a tu hermana?

- EARL CULVER: Mainframe. Microprocesador. Semi-conductor... Bien, ésta es la ciudad y aquí está el centro de trabajo, con sus bienes y su red de distribución. Ahora, la mayoría de la gente de clase media ha trabajado para grandes corporaciones como Varicorp. O para el propio gobierno. Pero ahora, todo está cambiando. Científicos e ingenieros se están marchando de estas grandes corporaciones y están empezando a crear sus propias empresas, comercializando nuevos inventos...

- DAVID BYRNE: Disculpe, Sr. Culver. Olvidé qué representan estos pimientos...

- EARL CULVER: ¡Ahá! Todo gira de vuelta al centro. Estamos justo aquí ¡En Virgil! Nuestra forma de hacer negocios se ha basado en el pasado. Es por eso que tenemos que mantener a estos chicos en Virgil. Aún si dejan Varicorp... Por el momento ésto crea confusión ¡Y caos! ¡Ya no trabajan por dinero! O para ganarse un lugar en el cielo, lo cual fue una vez un gran factor de motivación, créeme. ¡Están trabajando e inventando cosas porque les gusta hacerlo! La economía se ha convertido en algo espiritual (debo admitir que me asusta un poco). No parecen distinguir la diferencia entre trabajar y no trabajar. ¡Todo forma parte de la vida! ¡Linda! ¡Larry! ¡Se acabó el concepto de fin de semana!



Magnífico y tierno broche final con esa representación casi nostálgica de la soledad de un tipo en su oficina a horas intespestivas.



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13 diciembre 2013

Trabajo, corrupción y los Nuevos Aristócratas.

Por Joe Palmer.


El invento más revolucionario de la humanidad no fue la elaboración de utensilios, ni la cerámica, ni siquiera la agricultura. Fue el trabajo. Hasta entonces, los humanos o cazaban o padecían hambre y si tenían la barriga llena, se quedaban en casa. Luego algún listillo, posiblemente el primer político, decidió que él ya no cazaría (a no ser que fuese por placer) ni cultivaría verduras (eso ni por placer) sino que obligaría a que otro lo hiciera por él. ¡Había inventado el trabajo! Había inventado la explotación de un ser humano por otro. En vez de cazar personas y comérselas, era mucho más eficiente ponerlas a trabajar. Desde ese día, la actividad humana se ha centrado en la creación de nuevos sistemas, cada vez más eficientes, para lograr tal fin: el sistema tribal, el feudalismo, la monarquía, el capitalismo y el comunismo entre tantos otros.

Sin duda, el lector discrepará argumentando que el trabajo no es necesariamente “explotación” sino “cooperación” e incluso “especialización”: el medio que permite a una sociedad satisfacer las necesidades de sus miembros y progresar tanto socialmente como material, técnico y artísticamente. Desgraciadamente, la historia no confirma tales aseveraciones, por lo menos totalmente: los cazadores-recolectores necesitaban (y necesitan) menos tiempo y menos energía para la obtención de sus alimentos y la satisfacción de sus necesidades que lo que necesita el oficinista medio de hoy en día. Los grandes artistas que decoraban las paredes de las cuevas de Lascaux hace treinta mil años no eran especialistas venerados expuestos en el Tate y cuando muertos usados (sus obras) como refugio de capitales de dudosa proveniencia. No. Nos han tomado el pelo. El trabajo no nos ennoblece ni nos proporciona libertad, como han querido hacernos creer. Cumple esa función para aquellos pocos elegidos que precisamente no trabajan. Y así ha sido durante varios milenios: a la gente se nos ha obligado, mediante la fuerza o el engaño, a producir un excedente a cambio del dudoso privilegio de pertenecer a una compleja sociedad estratificada en la cual hemos mantenido en la opulencia y ostentación a una aristocracia y en menor medida a unas fuerzas armadas, además de un sistema jurídico y una hueste de administradores cuya tarea nunca ha sido otra que la de defender los intereses de esa aristocracia.

No pretendo decir que no necesitamos líderes, científicos, docentes, banqueros, artistas, jueces y administradores: si pretendemos vivir como humanos gregarios, sí que los necesitamos. Sólo quiero poner los puntos sobre las íes.

La tecnología es un indicador bastante acertado en cuanto al grado de “progreso” de una sociedad, ya que da una idea de la subordinación del individuo frente al sistema. Un ejemplo: cuando yo era un chaval, los gitanos venían de casa en casa vendiendo las pinzas para la ropa que elaboraban. Eran trozos de ramitas de fresno de unos doce centímetros de largo y de un dedo de gordo. Estaban hendidos a lo largo hasta la mitad donde tenían clavada una anilla de metal. Un gitano probablemente podría hacer unos diez o veinte en una hora. Hoy, las pinzas para la ropa son dos pedazos de plástico unidos por un muelle y probablemente no las toca la mano del hombre en toda su producción y distribución. No hay placer ni incentivo ni orgullo en el trabajo del operador de la factoría donde se fabrican. Si tomamos todo en consideración, quizás mil pinzas de las modernas representan una hora / hombre de trabajo. Esto lo llamamos “productividad”: evidentemente una devaluación de la actividad humana. La tecnología aumenta la productividad, devalúa el trabajo y destruye el empleo existente. El individuo se vuelve aún más dependiente y en consecuencia, pierde un pedazo más de su pequeñita parcela de libertad. La productividad (y su prima la competitividad) no tiene nada que ver con el valor añadido.

Hace poco oí de la boca de un sindicalista la expresión “la democratización del trabajo”. Esto es, naturalmente, un despropósito, una contradicción intrínseca. Lo que ocurre desde hace algún tiempo y paralelo al desarrollo de la tecnología, lento al principio, más rápido después de la Segunda Guerra Mundial y a una velocidad vertiginosa en los últimos veinte o treinta años, es la democratización de la aristocracia. Siendo los últimos miembros visibles de la aristocracia poco más que reliquias seniles y las familias reales diluidas con sangre de dudosa emprendeduría y bajo sospecha, se ha creado un vacío en la cima de la pirámide social. Y hay una carrera para apuntarse y aprovecharse, mientras se pueda, del excedente generado por el trabajador.

Pero los sindicalistas no son los únicos en usar el concepto de “democracia” de forma algo imprecisa. También he oído a un político nombrar las elecciones como “la fiesta de la democracia” y quedarse tan pancho. Hoy solemos usar esa la palabra para decir algo como “el gobierno según la voluntad del pueblo”. Sin embargo, nosotros el pueblo, nos caracterizamos por la poca disposición a expresar nuestra voluntad: poco más de la mitad de los potenciales votantes acudimos a las urnas, en gran medida porque preferimos delegar la formación de nuestras opiniones a la televisión, la prensa, los partidos y políticos que se supone que nos representan (después de todo es más bien engorroso considerar todas las implicaciones de cada plan de acción). Y éstos, aunque fueran capaces de interpretar la ingente cantidad de información que disponen, están naturalmente más interesados en ocupar y permanecer en los vacíos dejados por el colapso de la aristocracia que en usar esa información en beneficio del pueblo.

Creo que nunca ha habido una democracia en el sentido que le damos. Sencillamente porque nunca tuvo ese significado. Incluso en la Grecia clásica, “la cuna de la democracia”, era un eufemismo para “el gobierno de los que mandan”. La palabra (demos + kratia) significaba algo como el “poder del pueblo” (parece lo de “dictadura de las masas”¿verdad?) pero los que tomaban las decisiones fueron precisamente los que no trabajaban, la aristocracia – “los mejores más poderosos”, otra palabra griega compuesta – quienes vivían del excedente creado por los campesinos, mercaderes, artesanos y especialmente por sus esclavos. Bertrand Russel dijo algo así como que el absolutismo no puede existir sin servidumbre. Lo que pasa es que todo gobierno es inevitablemente y hasta cierto punto absolutista, sea Luis XV, la democracia griega, un politburó comunista, el Papa, una monarquía parlamentaria, una república constitucional … Lo que con toda probabilidad significa que tenemos que hacernos a la idea de que en una sociedad humana organizada siempre habrá algún grado de servidumbre, hoy maquillada de productividad y competitividad.

El otro día, alguien se quejó de cómo la riqueza de su comunidad había sido derrochada y malversada por los políticos y sus compinches, empresas públicas, funcionarios y administradores a todos niveles. Una pregunta relevante es ¿Acaso pretenden desangrarnos deliberadamente a todos? ¿Se han propuesto llenarse los bolsillos esquilmando de manera descarada la remuneración de los trabajadores? Creo que no. En el pasado uno era aristócrata por haber nacido en una familia aristócrata, es decir, porque tu padre lo era. Hoy te conviertes en aristócrata trepando por una escala empinada e insegura de la Administración, o preferiblemente de un partido político, hasta conseguir que te acepten y te concedan “un puesto de autoridad”. Este ascenso requiere muchísima astucia (no necesariamente inteligencia), perseverancia, una sumisión total a la ideología prevaleciente y un abnegado servilismo hacia los que están en lo más alto de la escala. Una vez arriba, como miembro de la Nueva Aristocracia, se te promocionará de cargo en cargo hasta que superes tu umbral de incompetencia donde, igual que a tus predecesores, te dejarán sin efecto, sin necesidad de tomar decisiones: éstas se tomarán en tu nombre y bajo tu responsabilidad por fuerzas invisibles e innombrables. De hecho, todo el proceso parece estar diseñado para moldear tu mente en asumir tu papel de aristócrata, uno de “los elegidos”, y te lo acabas creyendo de verdad. No hay prueba más convincente de ello que las absurdidades condescendientes proferidas (articuladas no es la palabra) por los portavoces del gobierno de turno y los partidos.

El Nuevo Aristócrata, y el Nuevo Aristócrata en ciernes, recibe un salario. Normalmente un salario bastante aceptable y una vez en un “cargo relevante”, un salario muy bueno. Recibir un salario implica que tiene un empleo pero los aristócratas no trabajan para ganar dinero. Son otros los que trabajan para mantenerlos. Así, el Nuevo Aristócrata se enfrenta a un dilema esquizofrénico que resuelve simplemente separando mentalmente el trabajo (por lo que se le paga) de lo que él ve como sus derechos como aristócrata, personificado en el cargo que ostenta.

Si por ejemplo, los ingresos del partido son mayores que los gastos del partido, la diferencia se reparte entre los Nuevos Aristócratas miembros del partido. Si tiene el poder de conceder un contrato a una empresa, no deja de ser natural que la empresa le muestre su gratitud por ello. Si los gastos de viaje se pagan, será en virtud del cargo y no por el trabajo realizado y por lo tanto, deberían pagarse aún sin cometido y/o si los miembros de la familia del Nuevo Aristócrata viajan también. Si compra barato un terreno y luego lo vende con pingües beneficios, no ha incurrido en ninguna irregularidad: el Nuevo Aristócrata (o en situaciones extremadamente delicadas, su señora) es quien ha realizado la compraventa. Como currante en el ayuntamiento, desasociado de su alter ego como dueño de la propiedad, no hizo sino su trabajo al firmar la recalificación del terreno. Etcétera.

Lo que el Nuevo Aristócrata hace en cada uno de estos casos es evidentemente apropiarse de dinero del contribuyente para su beneficio personal, evitando obviamente darlo a conocer ni pagar impuestos por ello. Para el ciudadano de a pie esto es corrupción pero para el Nuevo Aristócrata no hay nada censurable en lo que ha hecho: es su prerrogativa como aristócrata, él es uno de los “elegidos”. Nada que ver con el fontanero que pregunta “¿Con o sin IVA?” O el que solicita un subsidio al que no tiene derecho. Éstos saben que “hacen mal” mientras que el Nuevo Aristócrata, si ve algo mínimamente censurable en sus propias acciones, ese algo es que otros hayan podido atribuir esas “plusvalías” a su remuneración por su trabajo y, por lo tanto, sujetas a impuestos. Esta visión un tanto particular de las cosas explica la insistencia del Nuevo Aristócrata en sólo reconocer su culpabilidad a golpe de sentencias judiciales firmes. Además éstas tardan en producirse y siempre cabe la posibilidad de que el juez también esté trepando por una escala paralela o que haya llegado a la cima de la suya. (2)

También las instituciones nacionales e internacionales nos aportan evidencias de lo que he descrito. A determinados Nuevos Aristócratas (si poseen conocimientos en algún campo en particular se les llaman “tecnócratas”), sin tener en cuenta en lo más mínimo sus dudosas trayectorias previas, se les nombran digitalmente para cargos de relevancia en, por ejemplo, organizaciones monetarias o incluso son impuestos desde fuera como primer ministro en una nación desacreditada. Eso es, siempre y cuando sólo se trate de asuntos financieros. ¡Otra cosa son los escándalos sexuales!

Creo que queda bastante claro que a mí no me gustan los Nuevos Aristócratas y que no apruebo su corrupción. Pero no creo que sean intrínsecamente malvados, sólo son personas propensas a trepar esa escala, igual que la enseñanza o la investigación científica parecen atraer a personas de un carácter específico. En el pasado, las sociedades se han vuelto contra sus aristócratas abusivos, muchas cabezas han rodado y familias enteras se han enfrentado a los pelotones de ejecución. Pero lo que ha venido después nunca ha sido alentador.

Joe Palmer, 2013.


"Productividad"

Baraka es un film-documental dirigido por Ron Fricke en 1992.

Notas del autor:
(1) Escribí la primera versión de estas ideas en marzo de 2013 para lectores de habla inglesa. Un lector español notaría en seguida que estoy hablando de lo que ocurre en España. Sin embargo, creo que el mismo fenómeno se da en cualquier país occidental aún si no ha tenido una aristocracia en su historia o historia reciente.

(2) Todo esto se refiere, claro, a un ámbito cercano, nacional o, a lo sumo, europeo, es decir, interno.
Lo que sí sería interesante, es un estudio de la implicación de los Nuevos Aristócratas (especialmente en su faceta de gobernante) con las empresas multinacionales. El lector podría interesarse por las siglas “TPP” (Acuerdo Estratégico Trans-Pacífico de Asociación Económica) y “TTIP” (Zona de Libre Comercio Transatlántica) ambos tratados de libre comercio multilateral, y para redondear “ISDS” (investor-state dispute settlement) o CIADI (Centro Internacional de Arreglo de Diferencias relativas a Inversiones).

[ La solución de disputas entre inversores y Estados es una disposición en los tratados internacionales de comercio y los acuerdos internacionales de inversión que otorga a un inversionista el derecho de iniciar el procedimiento de solución de diferencias contra un gobierno extranjero en virtud del derecho internacional. Por ejemplo, si un inversor invierte en un país el cual es miembro de un tratado de comercio, pero luego ese país incumple o se sale de ese tratado, entonces el inversor puede demandar al gobierno de ese país por incumplimiento.

Los opositores critican que las demandas inversionistas-Estado (o la amenaza de ellas) inhiben la capacidad de los gobiernos nacionales elegidos democráticamente a la hora de implementar las reformas legislativas y sus programas y políticas relacionadas con la salud pública, la protección del medio ambiente y los derechos humanos. También argumentan que los arbitrajes se llevan a cabo en secreto por abogados comerciales que obtienen ingresos de las partes y no tienen responsabilidad ante el público ni se les requiere tener en cuenta las Constituciones Políticas de los Estados ni normas tan elementales como los Derechos Humanos, que forman parte del ius cogens internacional. Además al no haber una instancia superior a ese arbitraje las decisiones del CIADI son inapelables e irrevisables, volviéndose en obligatorias para los Estados.

Otro de los argumentos criticados radica en la capacidad procesal activa no recíproca entre el ente público (el Estado receptor de la inversión) y el ente privado (la empresa inversora): solamente las demandas pueden ser planteadas desde la empresa contra el Estado y no viceversa.

El activista de derechos digitales, Joe Karaganis, ha descrito la normativa como "la soberanía de las multinacionales". Según el periodista Glyn Moody, el término "representa el surgimiento de la multinacional como un igual ante el estado-nación". Fuente: Wikipedia ]

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08 diciembre 2013

Fuera de guión.


Me confieso espectador asiduo del programa Salvados y aunque el de la semana pasada no haya sido el más impactante (aún estoy mascando el que le dedicó a las eléctricas o al accidente del metro de Valencia), me divirtió mucho el testimonio desinhibido de Ismael Clemente, experto en la compra de activos inmobiliarios para inversores internacionales, tan alejado del discurso oficialista que desde hace seis años venimos escuchando a políticos variados y formadores de opinión de este país. Cierto que ha habido intentonas por parte de algunos pero han sido precedentes tan pobres, chabacanos o demagógicos que sólo les ha servido para hundirse aún más en la miseria intelectual en la que están sumidos.

Y como que este blog es mío, me apetece publicar la entrevista (con permiso de la Sexta) porque me parece que aún a pesar de sus luces y sombras (todas las tienen) aporta una visión cuyos secretos a voces revitalizan un debate que estaba ya en vía muerta por falta de diversidad en las ideas (me refiero en los medios). Antes quise dejar pasar unos días para ver la reacción que, salvo aplausos y abucheos por un lado, cabreo generalizado de los que viven bajo el "paralelo 40" y el desconcierto de la derecha digital tan obtusa como siempre a la hora de interpretar lo que transcurre en un programa tan "rojo y sesgado" como Salvados, no he visto nada del otro mundo. Quizás es que le doy más valor de la que tiene.

En todo caso, agradezco esa franqueza fuera de guión de Ismael Clemente y la inquietud que demuestra Jordi Évole en cada programa por ofrecer testimonios tan valiosos que contribuyen a crear una visión poliédrica del drama de este país y que en cierta manera nos regala una pausa frente al bla-bla-bla cansino y machacón de los que cobran por opinar y opinan por cobrar.

Parte I

Parte II



"En España se tergiversa el sentido de las palabras, se llama empresario al que vive del BOE". "Gente que construyen empresas enormes pero basadas en el trato con la Administración Pública”

"Es muy fácil ganar un pesebre de votos" a cambio de dejar que "todo funcione de forma fraudulenta; por economía paralela".

“Si has intentado jugar a Robin Hood y hacer vivienda pública pero con fondos provenientes, no del contribuyente sino, de financiación exterior, el financiador te acaba pidiendo su pasta de vuelta”

“Eso, por desgracia, no le hace ningún bien a la gente; que la mantengan permanente engañada y bombardeada con mensajes positivos que son más falsos que Judas”.



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25 junio 2013

La farra del Mediterráneo.


"En mitad del invierno, aprendía por fin que había en mí un verano invencible."
Au milieu de l'hiver, j'apprenais enfin qu'il y avait en moi un été invincible.
[Albert Camus, L'Été, Editions Gallimard 1954]

De Tyres a Tarifa, de Makarska a Calvi, todo el Mediterráneo celebra la llegada del solsticio de verano. Por mucho que les pese al Financial Times y al FMI de economías paranoicas que parecen querer practicarnos una lobotomía y condenarnos al eterno invierno, es así como en el Mediterráneo rendimos tributo al verano y es así como seguiremos haciéndolo, en familia y con amigos. Subo dos vídeos para que cada cual encuentre su punto medio. Feliz verano.


"Mediterráneo"
Tribute to this wonderful sea by Leonardo Dalessandri
Puglia (Italy) - Summer 2011
Music: "Spring" by Ilya





"Mediterráneamente"
Summer spot by Estrella Damm, Spain, 2013
Music: Love of Lesbian
Agency Villar
Produced by Ovideo TV
Directed by Júlio Médem
DoP Mario Montero




Mediterraneo boy in the beach
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01 marzo 2013

Work, corruption and the new aristocrats.

By Joe Palmer.

Man having bath of headlines

Mankind’s most revolutionary invention was not tool-making, pottery, the wheel or even agriculture. It was work. Previously, people hunted or went hungry and, if their bellies were full, they stayed at home. Then some bright character, possibly the first politician, decided he wouldn’t hunt (except purely for pleasure) or grow vegetables (not even for pleasure) but would get someone else to do it for him. He had invented work! He had invented the exploitation of one human being by another. Instead of hunting and eating other people, it was far more efficient to put them to work. Since that day, human activity has revolved around creating new, ever more efficient systems to this end: the tribal system, feudalism, monarchy, capitalism, communism to name but just a few.

You will possibly object that work is not necessarily “exploitation” but “cooperation”, or even “specialization”, a means by which society satisfies its members’ needs and progresses socially, materially, technologically and artistically. But history doesn’t fully support such contentions: hunter-gatherers spent (and spend) less time and fewer calories producing their food and satisfying their needs than does the average office worker today. The great artists who painted the walls of the Lascaux caves thirty thousand years ago were not revered specialists, in life shown at the Tate and in death used (their works, that is) as a refuge for ill-gained capital. No, we’ve been taken for a ride. Work does not ennoble us or give us liberty, as we have been taught to believe. It does that for the chosen few who don’t actually work. And has done so for several thousand years: people have been made, by force or trickery, to produce a surplus for the dubious privilege of belonging to a complex stratified society in which they have maintained in great wealth and ostentation an aristocracy and, to a lesser degree, an armed force as well as a judicial system and a host of administrators whose primary task has always been to defend the interests of that aristocracy.

I’m not saying we don’t need leaders, scientists, schoolteachers, bankers, fulltime artists, judges and administrators: if we want to live as gregarious human beings, we do. I’m just trying to put the dots on the “i”s.

Technology is a fairly accurate measure of a society’s degree of “advancement” in so far that it is an indication of the individual’s subordination to the system. An example: when I was a lad, gypsies would come around selling the clothespegs they made. These were finger-thick twigs of ash, split halfway lengthways and with a little metal band nailed round them. A gypsy could probably make ten or twenty in an hour. Today, clothespegs are two bits of plastic joined by a spring and are possibly not touched by a human hand at all in their production and distribution. There is no pleasure or incentive for pride in the factory operators’ work. If we average things out, perhaps a thousand clothespegs represent a man-hour of work. This is what we call “productivity”: clearly a devaluation of human activity. Technology improves productivity, it devaluates work and destroys existing employment. The individual becomes even more dependent and, consequently, loses even more of his little store of freedom. Productivity (and its cousin competitivity) has nothing to do with added value.

I recently heard in the mouth of a trade-unionist the expression “democratization of work”. This is, of course, by definition, absolute rubbish. What has been going on for some time in parallel with the advance of technology, slowly at first then faster after the second world war and even faster in the last twenty or thirty years, is the democratization of the aristocracy. With the last visible members of the aristocracy little more than doddering relics and royal families suspect and diluted with dubious entrepreneurs’ blood, a vacuum at the top of the social pyramid has been created. And there has been a rush to cash in and, while it lasts, take advantage of the working man’s, and woman’s, surplus.

But trade-unionists are not the only ones to use the idea of “democracy” rather loosely. I also heard a politician cynically call elections the “celebration of democracy”. Today we mean by the term something like “government according to the wishes of the people”. We, the people, however, are characteristically loathe to express our wishes: little more than half of us turn out for elections; we tend to prefer others to form our opinions – after all, it is rather tiresome to consider all the implications of any particular course of action – so we delegate opinion-making to TV and the press and to the political parties and the politicians who are supposed to represent us. These latter, even if they were able to interpret the enormous mass of information they dispose of, are, of course, more preoccupied with filling and hanging on to the voids left by the demise of the aristocracy than with using that information for the benefit of the people.

I believe there has never been democracy in the sense in which we use it. Simply because it never meant that. Even in ancient Greece, “the cradle of democracy”, it was a euphemism for “government by the bosses”. Literally the word (demos + kratia) meant something like “power of the people” (sounds a bit like “dictatorship of the masses”, doesn’t it?) but those who participated in decision-making were precisely those who did not work, the aristocracy –“the best powerful people”, another Greek compound word – who lived off the surplus created by peasants, tradesmen, craftsmen and, especially, their slaves. Bertrand Russell said something to the effect that absolutism cannot exist without serfdom. But, in practice, all government is inevitably absolute to a certain degree whether it be by Luis XV, Greek democracy, a communist politbureau, the Pope, a parliamentary monarchy, a constitutional republic …, which probably means that we have to become reconciled to the idea that there will always be some degree of serfdom in organized human society, these days disguised as productivity and competitivity.

The other day, someone complained how his community’s wealth had been squandered and embezzled by politicians and their cronies, by quangos and by civil servants and administrators right down the line. One question is are these people consciously out to rip us all off? Have they set out to drain dishonestly the working man’s earnings into their pockets? I don’t think so. In the past you became an aristocrat by being born into an aristocratic family, i.e. your dad was one. Today you become one by climbing a steep, uncertain ladder in the Administration or, preferably, in a political party, until you are eventually accepted and awarded a “position of authority”. This climb requires a great deal of guile, but not necessarily intelligence, perseverance and total submission to the prevalent ideology and self-denying subservience to those already higher up. Once there, as a member of the New Aristocracy, you will be promoted from post to post until you pass your threshold of incompetence and there, just like your hereditary predecessors, you will be put out to grass, un-required to take decisions: these will be taken in your name and at your responsibility by un-named, unseen forces. In fact, the whole process seems designed to mold your mind to the assumption of being an aristocrat, one of the “best people”, and you really believe it. There is no better proof that this is so than the condescending absurdities uttered by government and party spokesmen, and spokeswomen.

The New Aristocrat, and the New-Aristocrat-in-the-making, receives a salary. Normally quite a good salary and once “in authority” a very good one. To receive a salary implies doing a job but aristocrats do not work for their money. Other people work to support them. In this way, the New Aristocrat is faced with a schizophrenic dilemma which he, or she, resolves quite simply by separating in his mind the work for which he is paid from what he sees as his due as an aristocrat, as personified by the post held. If party receipts are greater than party expenditure, then the difference is shared among the New Aristocratic party members. If he has the power to award a contract to a company, it is only natural that the company should show gratitude to the New Aristocrat for doing so. If travel expenses are paid, they are paid in virtue of the post and not for the work done and therefore should be paid even if no work is done and/or if members of the New Aristocrat’s family also travel. If he buys a piece of land cheaply, then sells it at a huge profit, he has incurred in no irregularity: the New Aristocrat (or in extremely sensitive situations perhaps his wife) has bought and sold the property. He as worker in the town hall has, disassociated from his “alter ego” as owner of the property, no more than signed the planning permission. And so on.

What the New Aristocrat is doing in each of these cases is clearly skimming off public money, i.e. the tax payers’ money, for his personal profit, avoiding, naturally, making it public or paying tax on it. To the man-in-the-street this is corruption but to the New Aristocrat there is, of course, nothing wrong in what he has done: it is his prerogative as an aristocrat, he is one of the “best” people, quite unlike the plumber who asks “With or without VAT?” or the man who claims a benefit he is not entitled to. These know they are “doing wrongly” while the New Aristocrat, if he sees anything censurable in his actions at all, only laments having them seen as part of his retribution for work and thus taxable. This peculiar vision explains the New Aristocrat’s insistence on only recognizing judicial sentences of guilt. The sin resides in being caught and, in any case, is quickly and understandingly quickly forgotten. Besides, there is always the possibility that the judge himself is climbing a parallel ladder or is already at the top of one.

Further evidence of this is notorious in national and international institutions.  Certain New Aristocrats -  if they have some knowledge of a field they are known as “technocrats -  are appointed “digitally” by their peers to positions of relevance in, for example, monetary organizations, or even to the office of prime minister of a disgraced nation, with total disregard for democratic procedure and their dubious past. That is as long as it only concerns financial questions.  Woe to the New Aristocrat who is caught with his trousers down!

It should be clear I do not like New Aristocrats and I do not approve of their corruption. But I believe they are not inherently wicked, only people who are mentally predisposed to climbing that ladder, just like teaching or scientific research seem to attract their specific types of person. In the past, society has turned on its abusive aristocrats and heads have rolled and families have been brought before firing squads. The aftermaths have been none too encouraging.

Joe Palmer,
February 2013.

"Productivity"

Baraka is a 1992 non-narrative film directed by Ron Fricke.



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