Fui, en mi concepción, energía a la deriva en el mar oscuro de silencios y tiempos infinitos del vientre de mi madre. Y era mi mundo tan grande, cálido y confortable que empecé a tomar forma: fui canica, larva y renacuajo cabezón, pero también me salieron manos, ojos, boca, pulmones y toda suerte de apéndices y órganos a los que no encontré otra utilidad que la de entorpecer. Fui de esta guisa por mil años intronauta, escudriñando inquieto el origen de las voces cada vez más persistentes y que parecían venir de otro mundo más allá del mío.
Y fui consciente de sus límites cuando los rocé por casualidad con mi pie izquierdo. Desde entonces intuí cómo sus paredes se achicaban imparables, hasta que me sentí prisionero en un mundo dolorosamente pequeño, viejo, molesto y ruidoso. Luego, un pitido constante con fondo de pleamar en mi cabeza y este mundo que se abría en flor hacia la luz cegadora de al final del túnel.
- Ya está - Me dije, dejándome ir - Esto es el final, voy a morir.
Y en ese preciso instante de caos, violencia y sangre... nací.
Y fue con la primera bocanada de aire que mis pulmones cobraron sentido. Y el mundo se me hizo tan grande otra vez...

Bienvenida, mi pequeña Sophie, que tengas la nobleza de tu hermano y una vida alerta, confiada y generosa. Te deseo templanza y criterio para no deberle servidumbre a las ideologías, ni a los salvapatrias, ni a los nacionalismos y localismos que acoten tu universalidad. Corre riesgos, no temas a equivocarte, sé libre, innovadora, próspera y solidaria.
Cultiva tu inteligencia y busca en la información la inmunidad a las dictaduras de cartón de los medios de comunicación, de las modas, de lo trivial, de las etiquetas, del arte, de la histeria colectiva, de la economía financiera. Corre, Sophie, corre...
Susheela Raman - Oh my love (John Lennon)