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27 abril 2015

Héroes de Lampedusa


[...]
Pendant que la marée monte
Et que chacun refait ses comptes
J'emmène au creux de mon ombre
Des poussières de toi
Le vent les portera
Tout disparaîtra mais
Le vent nous portera


[Le vent nous portera]
Noir Désir, álbum "Visages des Figures", 2001.




Versión interpretada por Sophie Hunger - Le vent nous portera, Two Gentlemen Records, 2010.

Vídeo extraído del filme Terraferma, una coproducción italo-francesa dirigida por Emanuele Crialese en 2011. Drama sobre la inmigración y la pesca, ambientado en la isla de Linosa que junto a Lampedusa, forman parte del archipiélago de las Pelagias en el canal de Sicilia.


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28 septiembre 2014

AZUL INTENSO


[...]
This world is a veil
and the face you wear
is not your own.


[Nic Pizzolatto "True Detective"]




Film & Edit by Willem Martinot

El bendito día que asumí que no sería nadie relevante en mi profesión, me quité un enorme lastre de encima. Desde entonces, en vez de andar por ahí tenso por demostrar a mis clientes lo "estupendo" que soy, pude concentrar todos mis esfuerzos en hacer mi trabajo lo mejor posible. Como un artesano minucioso.

Vale que un diseñador sin ego suena antinatural. Que es difícil no sentirse el rey del mambo cuando cuatro gerentes industriales te llaman el lunes para cuadrar sus agendas contigo. Pero también han sido demasiados los meses pasados en balde en los que aprendes que todo es relativo y que cuando estás en el lado oscuro nadie dará la cara por ti.

En contrapartida, mis neuronas, ahora alegres y despreocupadas, me han hecho propenso a no prestar atención a las fugaces luces rojas que surgen si no tienen estrecha relación con lo que hago. No me refiero a que si un cliente me va a fallar, en estos casos la experiencia me ha enseñado a verlos venir y en cada caso he entrado al trapo o no según he valorado que podría manejar la situación. Más bien hablo de esos momentos de la vida en los que la realidad se acaba mostrando irremediable como una bofetada en frío, dejándote descolocado como un imbécil preguntándote por dónde ha venido. Este es el caso que aquí voy contar y que me ocurrió durante un breve periodo de tiempo en el que tuve la oportunidad de realizar proyectos de interiorismo para el sector hotelero en Europa central.


Ocurrió que un día, anotando planos en la penumbra de un rincón de una obra, vi aparecer a contraluz la silueta de la secretaria de mi cliente para avisarme que el susodicho me esperaba fuera para ir a comer. Me sacudí el polvo como pude y salí a la luz a reunirme con él en su flamante Bentley CGT.

- No te preocupes - me dijo risueño en inglés - luego mando que lo limpien.

El almuerzo se celebraba en el reservado de un histórico y precioso restaurante modernista plantado en mitad de un parque. Compartíamos mesa con el alcalde de la ciudad, el jefe de la policía local, con quienes ya había comido en otra ocasión, y como novedad acudían también dos representantes de una constructora española. No tardé mucho en sentirme fuera de lugar en una conversación que giró en torno a una promoción con la que estos dos, indiferentes al desastre monumental que la construcción había dejado en España, venían aquí a dárselas de grandes empresarios pretendiendo especular ladrillo a costa del erario público.

El alcalde, que no era tonto, no soltaba prenda que le pudiera comprometer. Y los dos constructores, malinterpretando su silencio, creyeron causar impresión y se desbocaron a voces recitando sin pudor todas las artimañas posibles con las que puentear cualquier normativa municipal o estatal que pusiese en peligro el fabuloso negocio que aquí planteaban. Y de remate proponían unas migajas para la construcción de un parque infantil con la que tocar la fibra emocional de los vecinos. Era puro cliché, no me lo podía creer.

- Y se entiende que todos los aquí presentes están invitados a participar en la sociedad - puntualizó uno volviéndose hacia mí, seguramente pregúntandose también qué puñetas pintaba yo ahí. Distraído por la vergüenza ajena que me causaban, di un respingo y me disculpé que quizás en otro momento.

Entonces, el alcalde tomó la palabra y solicitó una buena presentación en la que se reflejase un pliego de condiciones que su oficina les haría llegar, de manera que el ayuntamiento pudiese presentar el proyecto como suyo propio. Mi cliente me señaló:

- Harris podrá prepararlo - pero de nuevo rechacé la oferta excusándome por sobrecarga de trabajo.

De vuelta al coche, parados en un stop en las afueras de la ciudad, no pude evitar de mirar sobrecogido la gran mancha de aceite y los restos de cristales rotos en la calzada que marcaban el punto exacto donde dos días antes habían acribillado con fusiles de asalto a un empresario.

- ¿Qué vas a hacer ahora? - preguntó mi cliente recuperando la marcha.

- Me gustaría acercarme a la obra.

- ¿Por qué no me acompañas a comprar ganado?

- Imposible, sabes que mañana me vuelvo a Valencia y tu gente se va a las tres. Me queda muy poco margen - contesté sorprendido por esa faceta que hasta ahora desconocía de mi cliente.

- La obra está muy avanzada, con lo que has hecho estos días es suficiente para poder acabarla. Tómate la tarde libre y acompáñame, vas a conocer gente auténtica, ya verás. Me trae recuerdos de cuando era niño.


Era una tarde gris de finales de diciembre, de truenos distantes y lluvia fina. Nos dirigíamos en silencio hacia un punto indeterminado en la montaña seguidos por un viejo Skoda en el que viajaban Carl, la mano derecha de mi cliente y encargado de su seguridad y Vasily, un ex-boxeador de la vieja Unión Soviética encargado de la obra. Era un tipo grande como un tanque pero noble y vacilón con el que había confraternizado bastante. Especialmente desde cuando lo levanté de la cama exigiéndole que llamara a toda su cuadrilla, que en 5 días teníamos una inauguración y hasta entonces se trabajaba día y noche. El tipo, con las legañas aún tiernas, había dudado si arrancarme la cabeza, pero se calmó en cuanto vio que esos días los trabajé codo a codo con ellos.

De repente el paisaje cambió abruptamente. Tuve la sensación de que habíamos cruzado la frontera, los pueblos parecían desiertos, sin gente en las calles, apenas unos coches y por doquier la maleza crecía hasta las rodillas. En las afueras de uno de estos pueblos, un grupo de chavales, rapados, flacos y ojerosos, con camisetas del Barcelona CB y metralletas de plástico en las manos nos miraron desafiantes al pasar.

- ¿Por qué nos has querido entrar en la sociedad? - me preguntó de sopetón el cliente.

- ¿Para qué me has traído a esta comida?

- No me has contestado.

- Bueno... esos son unos constructores locales que no les dio tiempo de dar el pelotazo en España y ahora vienen aquí a intentarlo de nuevo. Son unos bocazas ¿No te fijaste cómo hablaban? Parecía una parodia, la gente seria no habla así con tanta indiscreción. Me da que van de farol, que no tienen solvencia ni empresarial ni económica. Además yo no tengo pasta.

- Te la hubiera prestado. ¿Y por qué no has querido hacer la presentación del proyecto? Con el respaldo del alcalde y el mío eso era un cheque en blanco. Te estábamos haciendo un regalito.

- Gracias, me halaga el gesto, pero sinceramente dudo que esta gente me pagase.

- Deberías saber que la condición para que se celebrase esta reunión era que debían ingresar sesenta mil euros en una cuenta de un banco de aquí. Una demostración de buena fe.

- No lo sabía - dije desconcertado - Bueno, era sólo mi impresión...

- Y eso quería oír. ¿Has hablado con tu mujer sobre veniros a vivir aquí?

- Algo...

- Te lo digo en serio, te podría pasar una nómina todos los meses y facilitaros casa y coche para que os instaláseis. Puedo presentarte a mucha gente importante, también de la capital. Aquí hay mucho dinero durmiente. Prosperarías muy rápido, te lo aseguro, tienes un perfil que encaja bien. España está kaput y esto no es el paraíso, pero al menos aquí tu y tu familia tendríais un futuro.

- ¿Crees que lo que está pasando sólo es en España? - respondí un ligeramente ofendido - ¿Crees que no llegará aquí?

- Para la gente corriente puede que sí...

- Te recuerdo que el alcalde tiene elecciones el año que viene - le dije con muy mala leche.

- No seas ingenuo, esto es sólo una ciudad de provincias, aquí nunca pasa nada, nada cambia, trabajamos para eso.


Llegamos a una pedanía de unas veinte casas, el ganadero con quien negociar era un gigante de unos 70 años vestido de explorador Coronel Tapioca, con gorra y todo. Como no entendía nada del idioma, me entretuve mirando los establos. Me alertaron unos gritos y cuando me asomé pude ver al ganadero colorado como un tomate, dando voces y señalando el coche con sorna. Era evidente que el tipo nos estaba invitando a que nos marchásemos por donde habíamos venido.

- ¿Salió mal la cosa? - le pregunté una vez en el coche.

- Que va, pura pantomima. Mañana vuelve Carl y cierra la compra.

Me di cuenta que estábamos rodeados por media docena de tipos con el pinganillo bluetooh del teléfono en la oreja.

- ¿Y a estos que les pasa? ¿Operan todos en bolsa? - exclamé medio mosca.

- Ni caso, son unos fantasmas - dijo mi cliente arrancando.

De vuelta al hotel, me acerqué un momento a la obra para echarle un último vistazo por si hubiera surgido algún problema. A pesar de ser sólo las cinco de la tarde, ya era de noche cerrada y allí no quedaba un alma. Apenas unos minutos después de haber encendido el cuadro de luces, me topé con Carl en el umbral de la entrada. Tan sigiloso que tuve la sensación de que llevaba ahí un buen rato observando.

- Hoy hemos matado una vaca. Mi mujer prepara muy bien la carne y ya que mañana te vas, me preguntaba si te apetecería venir a mi casa a comer un poco.

- ¿No la habrás atropellado? - le vacilé haciendo referencia a su estilo fitipaldi para conducir.

Carl es un alemán (quizás del este) de unos cincuenta años, de cabeza extraordinariamente cuadrangular, gafas de pasta, pelo lacio, piel encendida y nariz alcohólica. De esos que parecen que lleven toda la vida alimentándose exclusivamente de salchichas y cerveza. Sin embargo es un tipo afable, discreto, se mantiene siempre en un segundo plano y tiene pasión por los vinos contundentes con deje a tierra. En alguna comida de batalla mientras buscábamos materiales, lo había visto capaz de gastarse 400 pavos en un vino para acompañar unas pizzas rancias que no costaban ni 3 euros.

En las afueras de la ciudad llegamos cerca de un grupo de casas alineadas a la carretera. Paró el coche en la cuneta, saltamos una cancela y le seguí intrigado campo a través hasta llegar a la parte posterior de la primera casa. Ahí me topé de bruces con una escena que aún hoy me persigue: temblando sobre el suelo mojado de un guardacoches, había un tipo en calzoncillos, boca abajo, empapado, calado de frío y miedo y con las manos atadas a la espalda con un alambre fino. Casi pisándole las narices con sus botas militares había tres hombres fumando y hablando entre sí. Uno de ellos giró la vista y saludó a Carl con la mano. Los otros dos no levantaron la vista, como si no existiéramos. Seguimos caminando hacia la segunda casa, Carl, al ver mi cara descompuesta intentó tranquilizarme:

- Oh, no te preocupes, no es nada, es un mal tipo, sólo lo están mojando un poco para que razone.

- ¿Y era necesario que yo lo viera? - le dije apretando los dientes para disimular mi ánimo baldado e inmediatamente me avergoncé por la hipocresía de la pregunta. Carl, sin parar la marcha, contestó medio riendo:

- Bueno, eso nunca se sabe...

Cuando llegamos a su casa, su mujer nos recibió con gran afecto, nos sentamos en el salón para comer la carne asada cortada en dados, servida deliciosamente en un cuenco y acompañada de un aguardiente seco. Sin saber cómo manejar esta situación pero violento por lo que me había sonado a amenaza, mis neuronas iban tan encabronadas que terminé por cubrirme de gloria preguntándole sin rodeos por qué le faltaba el dedo anular de su mano izquierda.

- Nuestra hija murió en un accidente de coche.

- Lo lamento... - me disculpé adivinando el resto.

Sonó su teléfono móvil, contestó y me dijo:

- Es el jefe. Tiene una cena de negocios en el restaurante del hotel y le gustaría que acudieras.

Tras dudar un momento, Carl decidió omitirme la escena del garaje y volvimos al coche caminando por la carretera. Obviamente no me quedaban ganas de preguntarle por qué puñetas dejaba el coche a medio kilómetro de su casa.

- Vais a cenar con uno de las familias que controla el gas en Argelia - me informó - Ha venido con su mujer y una asesora en inversiones.


Llegué al hotel a tiempo de darme una ducha y cambiarme. Bajé al restaurante donde todos ya habían llegado. A pesar de que el asado de cordero tocó el cielo apenas probé bocado, sólo tenía ganas de beber y beber, beberme la bodega entera del restaurante. Pero por cortesía a los invitados me contenté con una inexplicable cerveza sin alcohol. En la sobremesa, en cuanto el protocolo me lo permitió, me escapé al porche del restaurante desesperado por fumarme un cigarro.

Apenas lo había encendido, cuando oí decir a mis espaldas en francés:

- Por fin encuentro a alguien que fuma.

Me di la vuelta y me encontré al hombre de negocios argelino. Cara a cara se me parecía mucho al rey de Marruecos. Incluso en la edad.

- Veo que has optado por lo local - dijo señalando mi cigarro marca "kutrencigarretten"

- Bueno, después de tres semanas se me han agotado las reservas y no me ha quedado otra que integrarme - reí acercándole fuego.

- Eso está bien - rió dando una bocanada - He visto esta tarde tu restaurante, está quedando muy bien, enhorabuena, buen trabajo.

- Gracias, muy amable. ¿Está siendo un viaje fructífero?

- Derivados lácteos y huevos.

-¿Perdón? - me sorprendió que alguien cuyo negocio era nada menos que el gas se moviera también por perecederos.

Captó mi reacción:

- El producto da igual, compras donde sobra y lo vendes donde falta. Se trata es de mover el dinero de un lado para otro para hacerlo productivo.

- Siempre que haya demanda - puntualicé.

- No - rió - La demanda se puede generar. Todo lo que ocurre en este mundo, créeme, todo lo que ocurre tiene su patrocinador. Se trata de tocar las teclas adecuadas.

- Suena a teoría de la conspiración...

- Qué va, sólo son negocios. Aunque ciertamente la apuesta es escalable.

Y a veces se pasan de frenada, pensé mirando el cielo vacío de estrellas. El mundo en manos de unos ludópatas. Aquí fuera tronaba y hacía un frío invernal que me cortaba la cara.

El tipo apagó la colilla.

- Oye, me gustaría que conocieras a mi familia. Precisamente ahora estamos promocionando 35 apartahoteles de lujo en Argelia. Me gustaría que vinieras a verlos y me dieras tu opinión. Tengo un avión, si te parece bien, dentro un par de semanas podría ir a recogerte, visitaríamos uno de los apartahoteles, hablamos de cómo podríamos colaborar y por la tarde estarías de vuelta en Valencia. Sólo te cogería un día, te lo prometo.

- Gracias, acepto tu invitación - le dije e intercambiamos tarjetas.

- ¿Cómo es que hablas francés? - me preguntó al abrirme la puerta del restaurante.

- Soy medio inglés, medio francés.

- Ah - dijo haciendo un mohín de disgusto - pensaba que eras español.

- También lo soy - contesté y entendí que el negocio se acababa de ir al carajo dejándome en la duda de que si era por cuestiones de seguridad (las tensiones en esa zona en los últimos años eran palpables) o bien porque resultaba que el adalid de la globalización tenía prejuicios nacionalistas. Eran tiempos confusos.

Cuando por fin se acabó la sobremesa y conseguí escaparme a mi habitación, me dispuse a saquear el mini bar a cuenta del cliente. Apenas le había dado dos sorbos al mini Chivas cuando sonó el móvil. Su secretaria me esperaba abajo para llevarme a la discoteca de un pueblo cercano.

- Ya que nos vas a diseñar una, hemos pensado que deberías ver ésta porque está teniendo mucho éxito entre la gente de la ciudad.

Bajé al hall a regañadientes, profesionalidad ante todo, y la encontré acompañada de una chica de un metro ochenta tan inusualmente hermosa que me costó discernir si era real o el recorte de una revista de moda.

- Es mi prima, vive en Cerdeña, ha venido para pasar la navidad, esta noche viene con nosotros.


Al día siguiente, a las seis de la mañana, cuando bajé al hall del hotel pude ver a mi cliente hablando con Carl. Rara vez les había visto cruzar palabra, pero ahora, la forma en que se dirigían el uno al otro me sugirió la idea descabellada de que quizás tenían los papeles intercambiados y que mi cliente era sólo la parte visible, la cara bonita del negocio.

- ¿Has desayunado? - me peguntó Carl, haciendo ademán de llamar al camarero.

- No, gracias, déjalo, ya lo haré en el aeropuerto - respondí dándole la maleta al chofer. Lo cierto es que tenía ganas de desaparecer lo antes posible.

- Entonces, buen viaje - me dijo mi cliente dándome la mano - Hablamos la próxima semana.

- Sí, claro - mentí, plenamente consciente de que jamás los volvería a ver, puesto que así lo había decidido esa misma noche. Y de repente, en contra de mi principio de mantener distancia con mis clientes para evitar que las peleas pasen al terreno personal, sentí una profunda tristeza y no pude evitar darle un abrazo. Supongo que fue fruto de mi profunda gratitud y simpatía hacia alguien que durante dos años había confiado ciegamente en mi trabajo y se había esmerado mucho para que lo hiciera lo más cómodamente posible, haciéndome creer que en esta profesión tan cabrona aún es posible prosperar. Y ahora tenía el pálpito de que las cosas se le iban a torcer, como efectivamente pude comprobar varios meses después.

Recuerdo la soledad de aquella mañana, sentado en un banco del aeropuerto. Me sentía triste y vacío por esta otra etapa de mi vida que llegaba a su fin. Durante dos años había invertido mucho esfuerzo, dinero y entusiasmo, hasta el punto de desatender al resto de mis clientes y así poder focalizar toda mi atención en esta apuesta. Pero era evidente que me estaba metiendo en un berenjenal del que después me habría costado mucho salir.

No sé... corrupción, estafa, extorsión, delincuencia, crimen... son casos que a diario escuchamos o padecemos, pero casi siempre los interpretamos como incidentes aislados, independientes. Jamás había comprobado personalmente, aunque sólo fuera de refilón, la causal relación que todos tienen entre sí, dando engranaje al verdadero motor que mueve este mundo. Adivinen cuál.

Pero por encima de todo, lo que más me dolió es que se me mostrara tan fácil... tan al alcance de la mano.

Era la navidad del año 2009. El mundo entero aún se asomaba y palidecía de vértigo ante el tremendo agujero negro que unos putos tarados habían causado amparándose en un sistema sin control para el que ellos mismos habían dictado las reglas. En todas partes del planeta millones de personas estaban perdiendo su trabajo y sus ahorros abocándose muchos a una miseria que nadie se merece.
Yo me encontraba en una terminal del aeropuerto de Schwechat en Viena. A través de los ventanales podía ver caer los primeros copos de nieve en la pista provocando retrasos en los vuelos. Llevaba tres semanas fuera de casa y ahora lo único que deseaba era al menos llegar a tiempo para recoger por sorpresa a mi hijo en su último día de colegio antes de las vacaciones. Luego tocaba volver a empezar, otra vez, pero ahora sentía que algo se había roto y temía estar a punto de cruzar ese umbral a partir del cual mi vida profesional tendría más pasado que futuro.



St. Paul & The Broken Bones - Don't Mean A Thing (Live at the LC King Factory, 2013 Bristol Rhythm & Roots Reunion, Tennessee )

* St. Paul and The Broken Bones es una banda de soul formada en el año 2012 y con base en Birmingham, Alabama. De su primer disco Half the City (Single Lock Records, Febrero del 2014) se extrae esta canción.


corrupción crisis reflexiones humano


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08 diciembre 2013

Fuera de guión.


Me confieso espectador asiduo del programa Salvados y aunque el de la semana pasada no haya sido el más impactante (aún estoy mascando el que le dedicó a las eléctricas o al accidente del metro de Valencia), me divirtió mucho el testimonio desinhibido de Ismael Clemente, experto en la compra de activos inmobiliarios para inversores internacionales, tan alejado del discurso oficialista que desde hace seis años venimos escuchando a políticos variados y formadores de opinión de este país. Cierto que ha habido intentonas por parte de algunos pero han sido precedentes tan pobres, chabacanos o demagógicos que sólo les ha servido para hundirse aún más en la miseria intelectual en la que están sumidos.

Y como que este blog es mío, me apetece publicar la entrevista (con permiso de la Sexta) porque me parece que aún a pesar de sus luces y sombras (todas las tienen) aporta una visión cuyos secretos a voces revitalizan un debate que estaba ya en vía muerta por falta de diversidad en las ideas (me refiero en los medios). Antes quise dejar pasar unos días para ver la reacción que, salvo aplausos y abucheos por un lado, cabreo generalizado de los que viven bajo el "paralelo 40" y el desconcierto de la derecha digital tan obtusa como siempre a la hora de interpretar lo que transcurre en un programa tan "rojo y sesgado" como Salvados, no he visto nada del otro mundo. Quizás es que le doy más valor de la que tiene.

En todo caso, agradezco esa franqueza fuera de guión de Ismael Clemente y la inquietud que demuestra Jordi Évole en cada programa por ofrecer testimonios tan valiosos que contribuyen a crear una visión poliédrica del drama de este país y que en cierta manera nos regala una pausa frente al bla-bla-bla cansino y machacón de los que cobran por opinar y opinan por cobrar.

Parte I

Parte II



"En España se tergiversa el sentido de las palabras, se llama empresario al que vive del BOE". "Gente que construyen empresas enormes pero basadas en el trato con la Administración Pública”

"Es muy fácil ganar un pesebre de votos" a cambio de dejar que "todo funcione de forma fraudulenta; por economía paralela".

“Si has intentado jugar a Robin Hood y hacer vivienda pública pero con fondos provenientes, no del contribuyente sino, de financiación exterior, el financiador te acaba pidiendo su pasta de vuelta”

“Eso, por desgracia, no le hace ningún bien a la gente; que la mantengan permanente engañada y bombardeada con mensajes positivos que son más falsos que Judas”.



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15 agosto 2012

Donde rugen los volcanes.


sunset at sea seen from a ship, atardecer, mar, barco, isla de El Hierro

Cuando mi hijo tenía cinco años y tenía por héroe a Jack Sparrow, decidí recuperar la travesía en barco que yo había hecho mil veces (es un decir) a la isla de El Hierro y que por cuestiones prácticas ahora atajaba siempre en avión.

Después de tres horas de vuelo llegamos a media mañana al sur de Tenerife donde aprovechamos para comer con mi hermano mayor y su prole, a los que hacía años que no veía, y embarcamos a eso de las siete de una tarde apacible, de brisa fresca y mar calmo, definitivamente prometedora para quien no quiere ser agitado vilmente como un guiñol.

Subimos a bordo directamente a una sala de butacones llena de pasajeros pendientes de un par de televisores en los que se proyectaban las primeras escenas de Ice Age. Bieeen - me dije - una infantil. Pero mi hijo, indiferente al divertimento, señaló los ventanales:

- ¿Podemos salir? Quiero ver el mar.

- Chico, como si no lo vieras el resto del año... - disimulé orgulloso.

- Ya pero este es el Atláaaantico ¿sabes? - me contestó vacilón.

Así que salimos a cubierta a pasear su curiosidad infinita por cada condenada cosa que nos salía al paso mientras yo le correspondía con mi interpretación estelar de padre popeye.

El barco zarpó con un murmullo bronco y se deslizó majestuoso por las aguas calmas del puerto de los Cristianos hasta dejar atrás la escollera, y pronto tan sólo quedó la silueta y la falda iluminada de una isla en la que nací y viví con insana felicidad los primeros dieciocho años de mi vida. Una vez más, sumido en la nostalgia, evoqué en esta secuencia casi cinematográfica de la isla alejándose en la penumbra el símbolo de mi distanciamiento de una tierra en la que me siento cada vez más como un extraño y de la que me es imposible sacar balance de lo que perdí y gané marchándome.

Mi hijo, ajeno a estas emociones de folletín, me propuso subir a través de la escalinata exterior a la segunda cubierta donde repetimos el ritual de la inspección hasta toparnos con una escalinata más estrecha y empinada que la anterior. Por ella accedimos a una tercera cubierta que no era más que una explanada desierta de cuyo suelo de hierro pintado de verde emergían dos enormes chimeneas negras humeantes como dos volcanes. En un rincón se apilaban una docena de viejas y descascarilladas hamacas, probablemente restos de un tiempo en el que la gente viajaba sin prisas y sin temor de cocerse al sol. En medio de la cubierta había una de esas hamacas, pegajosa por el salitre, en la que mi hijo no hizo ascos para tumbarse. Panza arriba, cruzando los brazos tras la nuca, me dijo con gozo y todo farruquito:

¡Oh! Esto sí que es vida ¿eh, papá?

La frase me pilló como un imbécil con el brazo en alto buscando cobertura para llamar a su madre. Necesité unos segundos para analizar mi entorno y comprender lo que me quería decir. Cerré el móvil avergonzado y me tumbé junto a él. Y así, hombro con hombro, bajo el cielo raso, entre volcanes, encarados hacia América pero a tan sólo ciento setenta millas del Sahara Occidental y casi a ras del trópico de Cáncer, flotando insignificantes sobre los trescientos cincuenta millones de kilómetros cúbicos de Océano Atlántico, rodeados de calderones, zifios, rorcuales, cachalotes, delfines, abades, tiburones martillo, meros, pargos, tortugas boba y qué se yo qué más bichos, recuperé la capacidad de abstraerme. Y con ello disfruté, junto a mi hijo, del florecer de un millón de estrellas en el cielo. Una a una.


Najwa - Donde rugen los volcanes © 2012 WMG



II. Nada va a cambiar mi mundo


Evidentemente, esto de evadirse de todo y disfrutar del momento, es una regalía que todos nos hacemos de vez en cuando. Pero entenderlo como un ejercicio práctico y necesario para mantener el equilibrio mental es darle otra dimensión al asunto.

Creo que tomé conciencia de ello cuando tenía unos quince años. Eran carnavales, tenía novia y sólo cabeza para ella. Sin embargo, aquel año me tocó ir a la casa de campo en El Hierro, mano a mano a solas con mi padre. Una tarde, le estaba ayudando a hacer un experimento tipo injerto de un ciruelo en el tronco de un almendro, ya se sabe: pásame la cinta, ahora las tijeras, sujeta aquí, estate quieto con los pies no levantes polvo... Yo, muerto de aburrimiento, me resignaba al miércoles de ceniza mentando mi suerte, mala sombra que tengo, que de seis hermanos me tenía que tocar a mí, con la tremenda juerga que me podría estar corriendo ahora por las calles de Santa Cruz disfrazado de Montserrat Caballé. Vamos, una de esas noches antológicas de que las empezaba con una chica y me despertaba de amanecida en la playa enlazado a otra, sintiendo la angustiosa urgencia por palpar su sexo para comprobar que bajo los restos del maquillaje había efectivamente una chica. Cosas de carnavales. Aunque doy por hecho que esto fue posterior.

Ya está - interrumpió mi padre con su acento inglés - ya hemos hecho nuestra parte, ahora le toca a él. ¿Sabes? – me dijo señalando la tísica ramita de cuatro hojas sujeta con cinta negra de electricista a una herida en cuña hecha con mucho arte en un tronco ciego – en la naturaleza hay momentos en que todo se reduce a dos opciones: vida o muerte, así de simple y así de cruel. No hay término medio, no hay dinero que valga, ni amigos, ni fiestas, ni novias...

Me la suda un pimiento
- me dije mordiéndome los labios. Pero mi subconsciente, que es más viejo que yo, dijo trae para acá que ésta me la guardo yo. Porque son de esas frases aparentemente sin trascendencia alguna que sin embargo, con el tiempo, se apuntalan como marcas de referencia en el kilometraje de la vida.

Son muchas las veces que me ha venido a la cabeza y la he reinterpretado, simplificando al límite el momento, eliminando lo superfluo, lo secundario, mis preocupaciones, mis paranoias, lo que no está presente para centrarme en disfrutar lo que estoy viviendo. Lo mismo jugando con mis hijos en el sofá y olvidar que llevo cincuenta horas trabajando sin dormir y que mañana tengo que entregar un proyecto, como dormitando el poniente sobre el ombligo de mi mujer en una playa del Mediterráneo, o deambulando perdido por las calles de Hong Kong. Cuando no hay pasado, no hay futuro ni prima de riesgo ni miedo, la vida se revela rica, plena de matices. Y si algún incauto viene a estropearme eso poco, mendigándome que trabaje más por menos, que me conforme con nada, que reponga la hucha que vaciaron otros, juro que le marcaré el camino de vuelta a collejas. Por insolente.


Fiona Apple - "Across the Universe" (John Lennon), 1998.



III. Se acabó el cheque en blanco: quiero contrapartidas


Y el caso es que últimamente no funciono bien, he llegado a un punto en el que me cuesta mucho evadirme de esos delincuentes metidos a políticos que nos dividen en comparsa o en estorbo según les conviene. De los que se valen de la democracia como parapeto para condenar la protesta y la crítica como si no supieran que éstas son precisamente la forma genuina de hacer democracia y además un deber civil.

Me cuesta abstraerme de los que dicen que eso da mala imagen al país, cuando de sobra saben que la imagen del país ya se fue al carajo cuando dos gobiernos consecutivos y un puñado de autonomías jugaron con las cifras del déficit, cuando los bancos falsearon sus balances para tapar los pufos de sus tejemanejes con la administración pública, las promotoras inmobiliarias y la financiación de partidos. Cuando, mientras en Italia su Ministra de trabajo, Elsa Fornero, rompía a llorar al pedir sacrificios a la ciudadanía, aquí un puñado de diputados desalmados vitoreaban el enésimo paquete de recortes sociales anunciado por un presidente atónito ante lo que estaba presenciando (eso quiero creer), todo ello rematado con el “quesejodan” que le viene de estirpe a una mentecata y sus cinco minutitos de gloria.

Me cuesta abstraerme de toda esta peculiar raza de representantes en el exterior que venimos padeciendo desde hace lustros, bravos hasta el ridículo en cuanto pisan Latinoamérica pero que, inexplicablemente, sufren un complejo de inferioridad pavoroso en los consejos europeos y así, gracias a ellos, nos tenemos que aguantar que un holandés nos ningunee. Son los mismos que nos venden barato a una Bruselas que no es más que un cementerio gigante de políticos venidos a menos, burócratas gagás, expertos en legislar el calibre de un pepino pero incapaces de hacer valer Europa como referencia en el mundo y cuyos dirigentes actúan sin legitimidad democrática alguna, sometidos a un banco central tan nefasto como el perro del hortelano porque ni hace ni deja hacer.

Me cuesta abstraerme de los que dicen resignados que nuestra deuda está sometida a los especuladores como si éstos fueran entes gaseosos o conspiradores en la sombra. Como si no fuese posible ponerle nombre y coto a esos “cuatro” grandes fondos bajistas que mueven ingentes cantidades de títulos, capitalizados no sólo por inversores o los “inocentes” fondos de pensiones sino también por el dinero proveniente del tráfico de drogas, de armas, la trata de blancas y el blanqueo de capitales, previa parada técnica en los  paraísos fiscales que ningún gobierno de ningún país se atreve a meter mano. Por algo será.

Me cuesta abstraerme la irresponsabilidad de los grandes titulares del desastre de los medios de comunicación nacionales e internacionales, cuya actitud durante esta crisis pasará a la historia por su dudosa independencia y su sospechosa contribución, o al menos complicidad, en la difusión del terror como base para abrir paso a una cultura en la que todo vale a cambio de un puesto de trabajo, sean las condiciones que sean.

Me cuesta olvidar esa imagen del anterior presidente del gobierno y su pomposa reunión con los treinta y siete representantes de la gran empresa con el fin de recuperar la imagen española en los mercados internacionales. Como si no supiera que estos y otros pocos, tan dados al lagrimeo fácil y a pedir mano dura, según trascendió de la reunión, representan nada menos que el 72 % de la evasión fiscal del país. Hubiera sido impagable la asistencia también de algún técnico del Ministerio de Hacienda para bajarles los humos y recordarles a la cara que no se puede pretender ser Alemania teniendo la conciencia fiscal de Tanzania.

Y mientras, en la calle, se ignora y acalla a los millones de autónomos y pymes que representan el 99% de la empresa en este país, que generan el 90% del empleo y el 62% del PIB, muchos de los cuales, ahora mismo se están jugando literalmente su patrimonio por mantenerse y evolucionar en un mercado tremendamente hostil y en continua caída libre.

Me cuesta abstraerme de los que, en su soberbia, nos desafían disparando peligrosamente a su propia línea de flotación fomentando el enfrentamiento entre colectivos que precisamente sostienen el PIB nacional: ahora los funcionarios resultan ser todos unos vagos sobrevalorados y con demasiados privilegios, los autónomos y las pymes somos todos unos explotadores, defraudadores y evasores fiscales, los asalariados unos caraduras apalancados y sin vocación y los parados... los parados mejor ni nombrarlos. Por supuesto que abundan piratas y maleantes, por supuesto que hay que acabar con la economía sumergida y el fraude fiscal, por supuesto que las pymes deben reducir su apalancamiento financiero, pero se predica con el ejemplo y si hay que hacer una criba ésta debería ser de arriba hacia abajo y no al revés. Pues de sobra saben que si los cargos políticos y empleados públicos de libre designación cobrasen acorde a su productividad y honestidad, muchos se quedarían fuera del sistema inmediatamente.

Pero lo que ya me quita el sueño es oír a los que entonan machaconamente el dichoso mantra de “es que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades” lo cual no más que una trampa por socializar las culpas de este desastre y así perpetuar un ecosistema por el que han campado impunes durante años.

No, no lo hemos hecho, al menos la gran mayoría: por ahora, sólo un nueve por ciento han calculado mal sus posibilidades (9% tasa de morosidad de empresas y familias a los bancos o 3% morosidad hipotecaria de las familias) y lo están pagando caro, algunos demasiado caro. Cosa que, por lo visto, no les va a ocurrir a los muchos responsables de haber malgastado el dinero público en regalías, frivolidades, representaciones, plusvalías, comisiones, compras y contratas públicas por un valor muy superior al real en el mercado y por supuesto, cómo olvidarlo, en los mamotretos arquitectónicos ahogados por sus propias derramas, imposibles de mantener y aún menos de justificar.

Como la mayoría, estoy dispuesto a contribuir y a partirme la espalda trabajando para mejorar las cosas, pero no lo creo muy pedagógico si esto fuera a cambio de nada. Esto no es un cheque en blanco, quiero contrapartidas: quiero una justicia que funcione, quiero que se depuren responsabilidades de una vez por todas, quiero eficiencia política, quiero productividad política, quiero seriedad política, pido autocontrol político. Quiero que se esfuercen en impulsar una Europa mucho más cohesionada, fuerte, justa, abierta y sometida a la participación ciudadana. Quiero que se reduzca considerablemente el lastre de su carísima burocracia y que deje de ser el paraíso de los lobbies y los mangantes transnacionales en donde se conciben y aprueban leyes a espaldas de sus conciudadanos. Quiero que el BCE deje de ser la extensión económica de un país y que su presidencia esté a salvo de faroleros de dudosa procedencia (Trichet – Escándalo del Crédit Lyonnais, Draghi - Goldman Sachs y la deuda griega). De vuelta a casa, quiero que se acabe el desprecio de las medias verdades, el silencio corporativo de la clase política que los hace a todos cómplices de los delitos de unos muchos, pido que dejen atrás las rencillas heredadas de un pasado que muchos ni siquiera han vivido, quiero que dejen de estar rezagados y se incorporen de una vez por todas al siglo XXI. Pero sobre todo pido que se nos tenga un respeto.

Ya que vamos a seguir conviviendo juntos, hagámoslo pues de la mejor forma posible.


Ane Brun - Do You Remember del álbum It all starts with One (2011) / corto "ONE" /director Magnus Renfors


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