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25 septiembre 2016

Mi mesa 3.0



- Mi mesa en 1991 -

Hace un tiempo me dio por desempolvar mi viejo equipo de música. Tengo una ristra enorme de vinilos pero ya no tengo tocadiscos, también cajones repletos de casetes con carátulas ilustradas por amigos y que mis hijos codician y cedés que hace ya una década que no toco. Cogí uno al azar y resultó ser un recopilatorio de Win Mertens. Para quien no lo sepa, es un pianista belga de estilo minimalista capaz de convertir lo repetitivo en algo emocionante. A finales de los ochenta y principios de los noventa tenía mucho éxito y daba largas giras por toda España (sí, no todo son verbenas). Era la época de la música tribal, el New Age, jazz fusión... de películas de culto tan impactantes como las de Peter Greenaway "El vientre del arquitecto" o "El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante"...

En España enfilábamos entusiasmados hacia la Expo 92 y las Olimpiadas de Barcelona, convencidos de que íbamos a petar el mundo y sin sospecharlo le dimos cuerda al monstruo de los grandes pufos económicos urdidos entre políticos, empresarios y constructores. Y como ya éramos globales, el pinchazo de la burbuja inmobiliaria de Japón nos contagió una grave crisis económica (la del 93) con 3 devaluaciones de la peseta y un 20% de paro, que borró del mapa las antiguas grandes manufactureras de bienes de consumo y dejó agónicas las empresas de servicios de la generación de nuestros padres.

Yo rondaba los veinte y compaginaba la facultad con colaboraciones en el estudio de arquitectura de José Luis Esparza, luego en el estudio de diseño industrial de Bañó + Lax Asociados y al acabar la carrera, con el gran Eduardo Albors y las inolvidables tardes filosofando en torno a una paella de leña y cava en su terraza, con toda la extensión desde Torrent hasta el mar a nuestros pies.

Por aquél entonces los estudios de diseño aún no estaban informatizados, se trabajaba en equipo y a mano: planos, prototipos, maquetas, renders y presentaciones. Todo muy artesanal, nada de cascos mp3 y la peña mirando embebida durante horas un monitor. Había mucha tormenta de ideas, risas, cervezas, debate e inquietud no por cumplir sino por aportar. Un diseñador no era un técnico con conocimientos de autopromoción en las redes. Era un creativo transversal que buscaba su propio discurso manejando la tecnología y forzando a su favor los procesos industriales para darle, si cabe, una vuelta más de tuerca a un producto cada vez más bonito, cada vez más eficiente y cada vez más asequible.

Cada estudio tenía su estilo de funcionar, su filosofía, su idiosincrasia, pero si tenían algo en común los tres era la música como pegamento sensitivo y todos los días había dos temas que no podían faltar: "Maximizing the Audience" de Win Mertens y "Are you going with me?" de Pat Metheny. Cuando sonaban, siempre había alguien que subía el volumen y con el crescendo natural de estos dos temas el estudio entero se venía arriba. Era mítico.

Cuando empecé a trabajar por mi cuenta, a mediados de los noventa, mis mesas de estudio se fueron invadidas por aparatosos monitores de tubo, impresoras, scanner, tabletas A2... cada vez se parecía más a la sala de control de una central nuclear y al menos un 10% de mi tiempo se me escapaba peleándome con unos sistemas operativos que por aquel entonces eran bastante inestables y rudimentarios.

Poco a poco, la tecnología me ha permitido ir simplificando las cosas, reconquistando ese espacio vital en blanco, pero aún así dista mucho de esta foto que tiene tan sólo 25 años. Sueño con recuperar ese caos, pero esta vez virtual, en una enorme mesa digital y táctil donde todo esté en su memoria. Pero viendo el empeño de los fabricantes de hardware en crear tanta cuquería enana y portátil y el poco interés que le ponen en pensar a lo grande, me temo que cuando eso sea posible me pillará ya demasiado viejo.

** Valga la ironía que por aquél entonces, en la foto, estaba intentando diseñar un ratón capaz de reconocer el movimiento tridimensional.


Wim Mertens - Maximizing The Audience. (C) Les Disques Du Crépuscule, 1984.





Pat Metheny and The Metropole Orchestra - Are you going with me?. The North Sea Jazz Festival, Netherlands 2003.


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02 junio 2015

INTELIGENCIA COLECTIVA

Diseño centrado en el usuario (User-centered design)

En-busca-de-la-innovacion

Sobre los riesgos de la deliberación colectiva (usuarios y diseñadores) para el desarrollo de productos, alguien dijo una vez*: "Un camello es un caballo diseñado por un comité" - A lo que habría que replicar que, si así fuera, contrariamente a la interpretación popular de la expresión, esta maravillosa obra de diseño e ingeniería sólo podría haber sido imaginada por un comité de beduinos que sabían exactamente lo que querían y que no se hubieran conformado con menos.

Tampoco es justo decir que los fabricantes no tienen ni idea de lo que esperamos de un producto. Hay que reconocer que han sido muchas las veces en las que nuestras necesidades han sido anticipadas e incluso inducidas. Y esto sólo es posible cuando hay un esfuerzo muy grande por cumplir las premisas básicas con las que se inicia todo proyecto industrial serio: para generar comercio el producto debe de cubrir una demanda, cumplir con la función para la que ha sido creado y, en lo posible, optimizarla.

Pero ocurre que el proceso que va desde la idea original al producto final puede ser tan extenso en el tiempo y estar tan plagado por toda clase de condicionantes técnicos (diseño, producción, normativas, logística y costes) que no son pocas las ideas que han fracasado por no haber sabido consensuar las exigencias de la industria con las necesidades y expectativas del consumidor.

proceso del diseño centrado en el usuario

Y es que nuestra valoración como usuarios y consumidores (y todos lo somos) puede constituir una fuente de información muy valiosa si se sabe bien cómo usarla. No se trata de pormenorizar su influencia ni tampoco hacerle concesiones absolutas. Un buen diseño deberá mediar entre ambas partes y liderar criterios cuando nadie se ponga de acuerdo.

Si nos preguntásemos como consumidores qué mejoraríamos de un producto que usamos habitualmente, seguro que entre todos (seamos amas de casa o físicos nucleares) seríamos capaces de sorprender con muchas y muy buenas ideas, sin embargo... ¿Realmente estaríamos dispuestos a pagar por ellas?

Como diseñador industrial he comprobado, en ocasiones, cómo las ventas de un producto se resentían debido al incremento de un 2% de su coste al incorporar pequeñas innovaciones que mejoraban su función. Y sin embargo, en otras ocasiones, incrementos del precio cercanos al 100%, amparados por un halo ambiguo de revolución tecnológica, eran tranquilamente asumidos por sus usuarios. ¿Caprichos del mercado? ¿Campaña eficaz de marketing? No necesariamente. Quizás se trate más bien de visualizar, a través de la evolución de nuestros hábitos, qué es imprescindible y qué dejará de serlo pronto.

Antes, uno de los argumentos para comprar un coche era, entre otros, el rendimiento de su motor, ahora nos preocupa su consumo y en un futuro próximo su autonomía será un valor determinante.

Antes, lo importante de un teléfono móvil era poder hablar desde cualquier lugar. Su evolución lógica era la portabilidad, que consistía en ir miniaturizando sus componentes para que los terminales fueran cada vez más pequeños, ligeros y eficientes. En los terminales actuales, la gestión de datos, la mensajería y las redes sociales, la geo-localización, el ocio, el control remoto o la captura de fotos y videos se han convertido en aplicaciones mucho más usadas que el propio servicio de voz. Ahora, la interacción con el usuario hace que la pantalla sea la protagonista absoluta, por lo que los terminales tienden a ser de nuevo cada vez más grandes (manteniendo un equilibrio entre la función y la portabilidad) y favorecen la aparición de nuevos terminales satélites como el e-watch.

Y ésa es la clave que debaten diseñadores y fabricantes, además de la estética y la técnica: ¿Qué y cómo están cambiando los hábitos de uso de ese producto? ¿Qué es lo que podemos mejorar para que evolucione en ese sentido? ¿Qué es prescindible? ¿Qué es incorporable? ¿Qué cualidad es sacrificable con el fin de favorecer otra? Y lo más importante: ¿Lo valorará lo suficiente el usuario como para pagar por ello?

Es por ello necesario habilitar un espacio común entre consumidores, diseñadores y fabricantes que democratice ese proceso, creando un mercado abierto al intercambio de ideas y de valores, en el que se asuma que el diseño debe ser un proceso inherentemente colaborativo y en el que no se excluya a los únicos expertos en nuestras necesidades: usted y yo, los consumidores. Un flujo de información genuino y accesible a todos, que proporcione una herramienta real y eficaz para la creación de productos con un diseño acorde a nuestras expectativas como consumidores, esto es, que realmente funcionen y de la forma que realmente queremos.

Notas:
* "Un camello es un caballo diseñado por un comité" es una expresión atribuida a Sir Alec Issigonis, el diseñador del mítico Mini y hace referencia a los inconvenientes que surgen cuando demasiadas opiniones intervienen durante el proceso del diseño.

** Este escrito es la traducción de un artículo que escribí en 2012 para SPD design.



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20 mayo 2012

Vas a luchar y vas a perder.



Vas-a-luchar-vas-a-perder

Hace unos años, iba yo todo pizpireto por la calle de camino a una reunión de trabajo con un cliente que pretendía poner en marcha una nueva marca comercial subsidiaria de un grupo industrial. Llevaba en la maleta las propuestas que, en líneas generales, darían forma a la nueva línea de productos, tenía treinta años y me reconciliaba con mi oficio jugándome muchos meses de trabajo a una sola carta.

Pero va y se me acerca, en un semáforo, un tipo a pedirme un cigarrillo y cuando le doy fuego, protege la llama con la mano tocando inevitablemente la mía. Luego se echa para atrás humeando y señalándome con el dedo, me planta con sorna un – Tu... tu te vas a pegar, chaval, y vas a perder - luego rompió a reír ventilando una larga ristra de dientes podridos y abismos negros.
Distraído en mis cosas, pensé un mira tú el zumbao éste, y apuré el semáforo para cruzar dejando atrás sus presagios de vinagreta - Vas a luchar y vas a perdeeeer, sé lo que me digo, polloooo... - me repetía amarrado a su carrito de cartones y dándole voz a su coral de seis perros.

Once horas más tarde, estaba yo en la cocina cortando tomates para la ensalada, mi mujer, a mis espaldas, asaba unas chuletitas de cabrito, nos íbamos a dar un festín. Todo había ido rodado, el cliente había estado exultante, las propuestas le habían entusiasmado: Harris, vamos a romper con esto, y quiero que estés conmigo, vas a ganar mucho, ya lo verás - me repetía una y otra vez eufórico perdido.

Demasiado... No sé, nunca me han salido las cosas tan fácilmente a la primera. No me puedo quejar, hago lo que quiero (o lo que puedo) pero, aún así, me da que mi peaje por esta profesión es algo caro. Vamos, que a mi estrella le falta fuelle. Así que de la alegría fui pasando a la mosca. ¿Y si me estaba siguiendo la corriente? ¿Y si no es quien cree ser y se me desinfla a mitad de la faena?

En ese instante me vino a la cabeza el incidente del semáforo - Vas a pelear y vas a perder... – me dije pensando en voz alta.

¿El pelo o los dientes? - apostilló mi mujer ensimismada con el chisporroteo de la plancha.

Diez años después recuerdo con pena a este cliente que nunca llegó a serlo, porque tras hacerme perder un año de trabajo no vi un céntimo. Resultó ser un inconsciente de esos que van ligeros por la vida porque las facturas de sus ilusiones siempre las acabamos pagando los pringados como yo. Ingenuo de mí por pensar que este perfil se daba exclusivamente en los políticos.

Pues no, el tipo era un quiero-y-no-puedo que maltrataba a sus empleados, que tomaba los beneficios empresariales por beneficios personales y al que acabaron por ningunear sus propios distribuidores y proveedores hartos de su verborrea incansable y sus aires de grandeza vendiendo milongas de un mundo de colorines. A mí me empobreció, en ambos sentidos, y mi mujer tuvo la certeza de que jamás haríamos el viaje de novios pospuesto.

Y es que me ha hecho falta paladear el vértigo de los años trabajados sin tregua, los batacazos y gatillazos de todo tipo, codo a codo con un montón de empresarios, algunos malos y otros buenos (grandes tipos, grandes recuerdos), para aprender con sangre algo tan obvio como a saber diferenciar las iniciativas empresariales de las iniciativas personales. Porque resulta que las primeras no siempre son tan genuinas como parecen, sino que a veces ocultan expectativas personales de quien las promueve y que nada tienen que ver con el beneficio marcado.

Pero aún con la duda, cómo rechazarlas. Porque, como cantaba Cristina Lliso de los Esclarecidos: se puede perder sin llegar a jugar, y eso si que es triste, si lo es. Y es por eso que tolero esta zanahoria en la frente, trasnochando en una eterna timba de póquer amañada (porque así son las cosas) peleando mis cartas, mis ojeras, mi dignidad por sacarles una mano buena, y aún con ello... me lo estoy pasando bien, rematadamente bien. A mi manera, claro.


Nobody puts baby in the Corner - Erik Truffaz Quartet.*

* Erik Truffaz es un trompetista de jazz contemporáneo nacido en Suiza, 1960. Músico bastante prolífico y con un particular estilo de improvisación, se le conoce como "el Papa del electro-jazz" por fusionar su música con elementos de hip hop, rock y música electrónica.


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10 marzo 2012

Design Quotes: Creativity

29 ways to stay creative.
by motion graphics studio To-Fu Design. Sapporo, Japan.

Director/Designer: Sei Ohmori
tofudesign.blogspot.com



Great masters of Italian design: A. Castiglioni, V. Magistretti, M. Zanuso, E. Sottsass
Great masters of Italian industrial design: Achille Castiglioni, Vico Magistretti, Marco Zanuso and Ettore Sottsass.


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Design Quotes: Objectified

Industrial design documentary by Gary Hustwit, 2009.


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