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25 septiembre 2016

Mi mesa 3.0



- Mi mesa en 1991 -

Hace un tiempo me dio por desempolvar mi viejo equipo de música. Tengo una ristra enorme de vinilos pero ya no tengo tocadiscos, también cajones repletos de casetes con carátulas ilustradas por amigos y que mis hijos codician y cedés que hace ya una década que no toco. Cogí uno al azar y resultó ser un recopilatorio de Win Mertens. Para quien no lo sepa, es un pianista belga de estilo minimalista capaz de convertir lo repetitivo en algo emocionante. A finales de los ochenta y principios de los noventa tenía mucho éxito y daba largas giras por toda España (sí, no todo son verbenas). Era la época de la música tribal, el New Age, jazz fusión... de películas de culto tan impactantes como las de Peter Greenaway "El vientre del arquitecto" o "El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante"...

En España enfilábamos entusiasmados hacia la Expo 92 y las Olimpiadas de Barcelona, convencidos de que íbamos a petar el mundo y sin sospecharlo le dimos cuerda al monstruo de los grandes pufos económicos urdidos entre políticos, empresarios y constructores. Y como ya éramos globales, el pinchazo de la burbuja inmobiliaria de Japón nos contagió una grave crisis económica (la del 93) con 3 devaluaciones de la peseta y un 20% de paro, que borró del mapa las antiguas grandes manufactureras de bienes de consumo y dejó agónicas las empresas de servicios de la generación de nuestros padres.

Yo rondaba los veinte y compaginaba la facultad con colaboraciones en el estudio de arquitectura de José Luis Esparza, luego en el estudio de diseño industrial de Bañó + Lax Asociados y al acabar la carrera, con el gran Eduardo Albors y las inolvidables tardes filosofando en torno a una paella de leña y cava en su terraza, con toda la extensión desde Torrent hasta el mar a nuestros pies.

Por aquél entonces los estudios de diseño aún no estaban informatizados, se trabajaba en equipo y a mano: planos, prototipos, maquetas, renders y presentaciones. Todo muy artesanal, nada de cascos mp3 y la peña mirando embebida durante horas un monitor. Había mucha tormenta de ideas, risas, cervezas, debate e inquietud no por cumplir sino por aportar. Un diseñador no era un técnico con conocimientos de autopromoción en las redes. Era un creativo transversal que buscaba su propio discurso manejando la tecnología y forzando a su favor los procesos industriales para darle, si cabe, una vuelta más de tuerca a un producto cada vez más bonito, cada vez más eficiente y cada vez más asequible.

Cada estudio tenía su estilo de funcionar, su filosofía, su idiosincrasia, pero si tenían algo en común los tres era la música como pegamento sensitivo y todos los días había dos temas que no podían faltar: "Maximizing the Audience" de Win Mertens y "Are you going with me?" de Pat Metheny. Cuando sonaban, siempre había alguien que subía el volumen y con el crescendo natural de estos dos temas el estudio entero se venía arriba. Era mítico.

Cuando empecé a trabajar por mi cuenta, a mediados de los noventa, mis mesas de estudio se fueron invadidas por aparatosos monitores de tubo, impresoras, scanner, tabletas A2... cada vez se parecía más a la sala de control de una central nuclear y al menos un 10% de mi tiempo se me escapaba peleándome con unos sistemas operativos que por aquel entonces eran bastante inestables y rudimentarios.

Poco a poco, la tecnología me ha permitido ir simplificando las cosas, reconquistando ese espacio vital en blanco, pero aún así dista mucho de esta foto que tiene tan sólo 25 años. Sueño con recuperar ese caos, pero esta vez virtual, en una enorme mesa digital y táctil donde todo esté en su memoria. Pero viendo el empeño de los fabricantes de hardware en crear tanta cuquería enana y portátil y el poco interés que le ponen en pensar a lo grande, me temo que cuando eso sea posible me pillará ya demasiado viejo.

** Valga la ironía que por aquél entonces, en la foto, estaba intentando diseñar un ratón capaz de reconocer el movimiento tridimensional.


Wim Mertens - Maximizing The Audience. (C) Les Disques Du Crépuscule, 1984.





Pat Metheny and The Metropole Orchestra - Are you going with me?. The North Sea Jazz Festival, Netherlands 2003.


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02 junio 2015

INTELIGENCIA COLECTIVA

Diseño centrado en el usuario (User-centered design)

En-busca-de-la-innovacion

Sobre los riesgos de la deliberación colectiva (usuarios y diseñadores) para el desarrollo de productos, alguien dijo una vez*: "Un camello es un caballo diseñado por un comité" - A lo que habría que replicar que, si así fuera, contrariamente a la interpretación popular de la expresión, esta maravillosa obra de diseño e ingeniería sólo podría haber sido imaginada por un comité de beduinos que sabían exactamente lo que querían y que no se hubieran conformado con menos.

Tampoco es justo decir que los fabricantes no tienen ni idea de lo que esperamos de un producto. Hay que reconocer que han sido muchas las veces en las que nuestras necesidades han sido anticipadas e incluso inducidas. Y esto sólo es posible cuando hay un esfuerzo muy grande por cumplir las premisas básicas con las que se inicia todo proyecto industrial serio: para generar comercio el producto debe de cubrir una demanda, cumplir con la función para la que ha sido creado y, en lo posible, optimizarla.

Pero ocurre que el proceso que va desde la idea original al producto final puede ser tan extenso en el tiempo y estar tan plagado por toda clase de condicionantes técnicos (diseño, producción, normativas, logística y costes) que no son pocas las ideas que han fracasado por no haber sabido consensuar las exigencias de la industria con las necesidades y expectativas del consumidor.

proceso del diseño centrado en el usuario

Y es que nuestra valoración como usuarios y consumidores (y todos lo somos) puede constituir una fuente de información muy valiosa si se sabe bien cómo usarla. No se trata de pormenorizar su influencia ni tampoco hacerle concesiones absolutas. Un buen diseño deberá mediar entre ambas partes y liderar criterios cuando nadie se ponga de acuerdo.

Si nos preguntásemos como consumidores qué mejoraríamos de un producto que usamos habitualmente, seguro que entre todos (seamos amas de casa o físicos nucleares) seríamos capaces de sorprender con muchas y muy buenas ideas, sin embargo... ¿Realmente estaríamos dispuestos a pagar por ellas?

Como diseñador industrial he comprobado, en ocasiones, cómo las ventas de un producto se resentían debido al incremento de un 2% de su coste al incorporar pequeñas innovaciones que mejoraban su función. Y sin embargo, en otras ocasiones, incrementos del precio cercanos al 100%, amparados por un halo ambiguo de revolución tecnológica, eran tranquilamente asumidos por sus usuarios. ¿Caprichos del mercado? ¿Campaña eficaz de marketing? No necesariamente. Quizás se trate más bien de visualizar, a través de la evolución de nuestros hábitos, qué es imprescindible y qué dejará de serlo pronto.

Antes, uno de los argumentos para comprar un coche era, entre otros, el rendimiento de su motor, ahora nos preocupa su consumo y en un futuro próximo su autonomía será un valor determinante.

Antes, lo importante de un teléfono móvil era poder hablar desde cualquier lugar. Su evolución lógica era la portabilidad, que consistía en ir miniaturizando sus componentes para que los terminales fueran cada vez más pequeños, ligeros y eficientes. En los terminales actuales, la gestión de datos, la mensajería y las redes sociales, la geo-localización, el ocio, el control remoto o la captura de fotos y videos se han convertido en aplicaciones mucho más usadas que el propio servicio de voz. Ahora, la interacción con el usuario hace que la pantalla sea la protagonista absoluta, por lo que los terminales tienden a ser de nuevo cada vez más grandes (manteniendo un equilibrio entre la función y la portabilidad) y favorecen la aparición de nuevos terminales satélites como el e-watch.

Y ésa es la clave que debaten diseñadores y fabricantes, además de la estética y la técnica: ¿Qué y cómo están cambiando los hábitos de uso de ese producto? ¿Qué es lo que podemos mejorar para que evolucione en ese sentido? ¿Qué es prescindible? ¿Qué es incorporable? ¿Qué cualidad es sacrificable con el fin de favorecer otra? Y lo más importante: ¿Lo valorará lo suficiente el usuario como para pagar por ello?

Es por ello necesario habilitar un espacio común entre consumidores, diseñadores y fabricantes que democratice ese proceso, creando un mercado abierto al intercambio de ideas y de valores, en el que se asuma que el diseño debe ser un proceso inherentemente colaborativo y en el que no se excluya a los únicos expertos en nuestras necesidades: usted y yo, los consumidores. Un flujo de información genuino y accesible a todos, que proporcione una herramienta real y eficaz para la creación de productos con un diseño acorde a nuestras expectativas como consumidores, esto es, que realmente funcionen y de la forma que realmente queremos.

Notas:
* "Un camello es un caballo diseñado por un comité" es una expresión atribuida a Sir Alec Issigonis, el diseñador del mítico Mini y hace referencia a los inconvenientes que surgen cuando demasiadas opiniones intervienen durante el proceso del diseño.

** Este escrito es la traducción de un artículo que escribí en 2012 para SPD design.



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05 abril 2015

IN MEMORIAN


Tuve que correr,
cuando la vida dijo ve.
No hubo manera de pararme.
Correr que fue volar.
Beber de un solo trago todo el mar.
Y no sació mi sed el agua.
Tuve que correr,
cuando en el viento pude oír
que igual que vine habría de marcharme.

[...]

[Tuve que correr]
Antonio Vega, Anatomía de una ola, 1998.


La intención de crear este blog, hace un montón de años, fue la de habilitar un atril desde el cual reírme o desahogarme a gritos de todo cuanto en este mundo me cabreaba. Afortunadamente no ha sido así. De la arrogancia inicial, poco a poco este montoncito de patrañas, reflexiones de a medio pelo y otros tantos calificativos se merezcan, han ido dando forma a esta bitácora personal, irregular e indiferente a las audiencias con la que quizás, por si llego a viejo y mi memoria tienda a inventarse las cosas, pueda resolver por qué fui lo que fui en su momento. Porque por ahora no lo tengo nada claro.

Por eso hoy no puedo de dejar de dedicarle cuatro líneas a Deogracias Robles Gutiérrez, gerente del Grupo industrial Robles, Rogu Iluminación, un cliente y sobre todo un amigo. Un gran tipo, tan duro y cabezón como su apellido, con una profesionalidad y experiencia impagable que, a pesar de los graves problemas de salud que le acuciaron a lo largo de su vida, no se rindió donde los demás lo hubiéramos hecho. Aún cuando, ya teniendo la fortuna hecha, podía haber mandado todo al carajo para lamerse las heridas en un retiro dorado. Creativo y motivador hasta el último aliento, pero ya muy débil, no hacía una semana que me había llamado por última vez para contarme sus ideas para los proyectos que estábamos preparando en esta nueva etapa. Y es que había sorteado tantas veces la muerte que ya no creía en ella.

Recuerdo con humor cómo lo conocí cinco años atrás. En la primera reunión que mantuvimos para negociar una colaboración, yo llegaba tan loco y quemado por mis últimas experiencias que no dudé en hacerme el harakiri soltándole que había venido por cortesía, que dejaba este oficio, que no me compensaba tanto esfuerzo, que necesitaba un cambio y prefería dedicarme a cualquier otra cosa. Cualquiera hubiera puesto tierra por medio, un diseñador desencantado no es más que una fuente de problemas. Sin embargo él debió de apreciar mi sinceridad porque durante semanas insistió ofreciéndome la suficiente estabilidad, medios y retos como para que cambiase de opinión. Luego vinieron centenares de horas en reuniones maratonianas, trabajando codo a codo, encuentros y desencuentros de los que extraigo su humanidad y su generosidad al compartir sin límites el conocimiento acumulado en cincuenta años de profesión, superando ampliamente los recelos que se suele tener a la hora de manejar información sensible con un externo a la empresa. Ahora siento que me faltó romper las distancias, darle un apretón de hombros y mucha fuerza en sus horas bajas de la quimio. Pero es igual, en su cabeza nunca cupo rendición alguna.

Y lo noté en los suyos el día de su entierro. Ese apego a la empresa, ese montón de anécdotas contadas con cariño, esa certeza de formar familia y estar dispuestos a pelear y mantener su legado y su amor por las cosas bien hechas.

Descansa en paz, estimado amigo. Fue un placer trabajar contigo.



Lambchop, Up With The People - Live at XX Merge (Merge Records, 2009) www.lambchop.net






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28 septiembre 2014

AZUL INTENSO


[...]
This world is a veil
and the face you wear
is not your own.


[Nic Pizzolatto "True Detective"]




Film & Edit by Willem Martinot

El bendito día que asumí que no sería nadie relevante en mi profesión, me quité un enorme lastre de encima. Desde entonces, en vez de andar por ahí tenso por demostrar a mis clientes lo "estupendo" que soy, pude concentrar todos mis esfuerzos en hacer mi trabajo lo mejor posible. Como un artesano minucioso.

Vale que un diseñador sin ego suena antinatural. Que es difícil no sentirse el rey del mambo cuando cuatro gerentes industriales te llaman el lunes para cuadrar sus agendas contigo. Pero también han sido demasiados los meses pasados en balde en los que aprendes que todo es relativo y que cuando estás en el lado oscuro nadie dará la cara por ti.

En contrapartida, mis neuronas, ahora alegres y despreocupadas, me han hecho propenso a no prestar atención a las fugaces luces rojas que surgen si no tienen estrecha relación con lo que hago. No me refiero a que si un cliente me va a fallar, en estos casos la experiencia me ha enseñado a verlos venir y en cada caso he entrado al trapo o no según he valorado que podría manejar la situación. Más bien hablo de esos momentos de la vida en los que la realidad se acaba mostrando irremediable como una bofetada en frío, dejándote descolocado como un imbécil preguntándote por dónde ha venido. Este es el caso que aquí voy contar y que me ocurrió durante un breve periodo de tiempo en el que tuve la oportunidad de realizar proyectos de interiorismo para el sector hotelero en Europa central.


Ocurrió que un día, anotando planos en la penumbra de un rincón de una obra, vi aparecer a contraluz la silueta de la secretaria de mi cliente para avisarme que el susodicho me esperaba fuera para ir a comer. Me sacudí el polvo como pude y salí a la luz a reunirme con él en su flamante Bentley CGT.

- No te preocupes - me dijo risueño en inglés - luego mando que lo limpien.

El almuerzo se celebraba en el reservado de un histórico y precioso restaurante modernista plantado en mitad de un parque. Compartíamos mesa con el alcalde de la ciudad, el jefe de la policía local, con quienes ya había comido en otra ocasión, y como novedad acudían también dos representantes de una constructora española. No tardé mucho en sentirme fuera de lugar en una conversación que giró en torno a una promoción con la que estos dos, indiferentes al desastre monumental que la construcción había dejado en España, venían aquí a dárselas de grandes empresarios pretendiendo especular ladrillo a costa del erario público.

El alcalde, que no era tonto, no soltaba prenda que le pudiera comprometer. Y los dos constructores, malinterpretando su silencio, creyeron causar impresión y se desbocaron a voces recitando sin pudor todas las artimañas posibles con las que puentear cualquier normativa municipal o estatal que pusiese en peligro el fabuloso negocio que aquí planteaban. Y de remate proponían unas migajas para la construcción de un parque infantil con la que tocar la fibra emocional de los vecinos. Era puro cliché, no me lo podía creer.

- Y se entiende que todos los aquí presentes están invitados a participar en la sociedad - puntualizó uno volviéndose hacia mí, seguramente pregúntandose también qué puñetas pintaba yo ahí. Distraído por la vergüenza ajena que me causaban, di un respingo y me disculpé que quizás en otro momento.

Entonces, el alcalde tomó la palabra y solicitó una buena presentación en la que se reflejase un pliego de condiciones que su oficina les haría llegar, de manera que el ayuntamiento pudiese presentar el proyecto como suyo propio. Mi cliente me señaló:

- Harris podrá prepararlo - pero de nuevo rechacé la oferta excusándome por sobrecarga de trabajo.

De vuelta al coche, parados en un stop en las afueras de la ciudad, no pude evitar de mirar sobrecogido la gran mancha de aceite y los restos de cristales rotos en la calzada que marcaban el punto exacto donde dos días antes habían acribillado con fusiles de asalto a un empresario.

- ¿Qué vas a hacer ahora? - preguntó mi cliente recuperando la marcha.

- Me gustaría acercarme a la obra.

- ¿Por qué no me acompañas a comprar ganado?

- Imposible, sabes que mañana me vuelvo a Valencia y tu gente se va a las tres. Me queda muy poco margen - contesté sorprendido por esa faceta que hasta ahora desconocía de mi cliente.

- La obra está muy avanzada, con lo que has hecho estos días es suficiente para poder acabarla. Tómate la tarde libre y acompáñame, vas a conocer gente auténtica, ya verás. Me trae recuerdos de cuando era niño.


Era una tarde gris de finales de diciembre, de truenos distantes y lluvia fina. Nos dirigíamos en silencio hacia un punto indeterminado en la montaña seguidos por un viejo Skoda en el que viajaban Carl, la mano derecha de mi cliente y encargado de su seguridad y Vasily, un ex-boxeador de la vieja Unión Soviética encargado de la obra. Era un tipo grande como un tanque pero noble y vacilón con el que había confraternizado bastante. Especialmente desde cuando lo levanté de la cama exigiéndole que llamara a toda su cuadrilla, que en 5 días teníamos una inauguración y hasta entonces se trabajaba día y noche. El tipo, con las legañas aún tiernas, había dudado si arrancarme la cabeza, pero se calmó en cuanto vio que esos días los trabajé codo a codo con ellos.

De repente el paisaje cambió abruptamente. Tuve la sensación de que habíamos cruzado la frontera, los pueblos parecían desiertos, sin gente en las calles, apenas unos coches y por doquier la maleza crecía hasta las rodillas. En las afueras de uno de estos pueblos, un grupo de chavales, rapados, flacos y ojerosos, con camisetas del Barcelona CB y metralletas de plástico en las manos nos miraron desafiantes al pasar.

- ¿Por qué nos has querido entrar en la sociedad? - me preguntó de sopetón el cliente.

- ¿Para qué me has traído a esta comida?

- No me has contestado.

- Bueno... esos son unos constructores locales que no les dio tiempo de dar el pelotazo en España y ahora vienen aquí a intentarlo de nuevo. Son unos bocazas ¿No te fijaste cómo hablaban? Parecía una parodia, la gente seria no habla así con tanta indiscreción. Me da que van de farol, que no tienen solvencia ni empresarial ni económica. Además yo no tengo pasta.

- Te la hubiera prestado. ¿Y por qué no has querido hacer la presentación del proyecto? Con el respaldo del alcalde y el mío eso era un cheque en blanco. Te estábamos haciendo un regalito.

- Gracias, me halaga el gesto, pero sinceramente dudo que esta gente me pagase.

- Deberías saber que la condición para que se celebrase esta reunión era que debían ingresar sesenta mil euros en una cuenta de un banco de aquí. Una demostración de buena fe.

- No lo sabía - dije desconcertado - Bueno, era sólo mi impresión...

- Y eso quería oír. ¿Has hablado con tu mujer sobre veniros a vivir aquí?

- Algo...

- Te lo digo en serio, te podría pasar una nómina todos los meses y facilitaros casa y coche para que os instaláseis. Puedo presentarte a mucha gente importante, también de la capital. Aquí hay mucho dinero durmiente. Prosperarías muy rápido, te lo aseguro, tienes un perfil que encaja bien. España está kaput y esto no es el paraíso, pero al menos aquí tu y tu familia tendríais un futuro.

- ¿Crees que lo que está pasando sólo es en España? - respondí un ligeramente ofendido - ¿Crees que no llegará aquí?

- Para la gente corriente puede que sí...

- Te recuerdo que el alcalde tiene elecciones el año que viene - le dije con muy mala leche.

- No seas ingenuo, esto es sólo una ciudad de provincias, aquí nunca pasa nada, nada cambia, trabajamos para eso.


Llegamos a una pedanía de unas veinte casas, el ganadero con quien negociar era un gigante de unos 70 años vestido de explorador Coronel Tapioca, con gorra y todo. Como no entendía nada del idioma, me entretuve mirando los establos. Me alertaron unos gritos y cuando me asomé pude ver al ganadero colorado como un tomate, dando voces y señalando el coche con sorna. Era evidente que el tipo nos estaba invitando a que nos marchásemos por donde habíamos venido.

- ¿Salió mal la cosa? - le pregunté una vez en el coche.

- Que va, pura pantomima. Mañana vuelve Carl y cierra la compra.

Me di cuenta que estábamos rodeados por media docena de tipos con el pinganillo bluetooh del teléfono en la oreja.

- ¿Y a estos que les pasa? ¿Operan todos en bolsa? - exclamé medio mosca.

- Ni caso, son unos fantasmas - dijo mi cliente arrancando.

De vuelta al hotel, me acerqué un momento a la obra para echarle un último vistazo por si hubiera surgido algún problema. A pesar de ser sólo las cinco de la tarde, ya era de noche cerrada y allí no quedaba un alma. Apenas unos minutos después de haber encendido el cuadro de luces, me topé con Carl en el umbral de la entrada. Tan sigiloso que tuve la sensación de que llevaba ahí un buen rato observando.

- Hoy hemos matado una vaca. Mi mujer prepara muy bien la carne y ya que mañana te vas, me preguntaba si te apetecería venir a mi casa a comer un poco.

- ¿No la habrás atropellado? - le vacilé haciendo referencia a su estilo fitipaldi para conducir.

Carl es un alemán (quizás del este) de unos cincuenta años, de cabeza extraordinariamente cuadrangular, gafas de pasta, pelo lacio, piel encendida y nariz alcohólica. De esos que parecen que lleven toda la vida alimentándose exclusivamente de salchichas y cerveza. Sin embargo es un tipo afable, discreto, se mantiene siempre en un segundo plano y tiene pasión por los vinos contundentes con deje a tierra. En alguna comida de batalla mientras buscábamos materiales, lo había visto capaz de gastarse 400 pavos en un vino para acompañar unas pizzas rancias que no costaban ni 3 euros.

En las afueras de la ciudad llegamos cerca de un grupo de casas alineadas a la carretera. Paró el coche en la cuneta, saltamos una cancela y le seguí intrigado campo a través hasta llegar a la parte posterior de la primera casa. Ahí me topé de bruces con una escena que aún hoy me persigue: temblando sobre el suelo mojado de un guardacoches, había un tipo en calzoncillos, boca abajo, empapado, calado de frío y miedo y con las manos atadas a la espalda con un alambre fino. Casi pisándole las narices con sus botas militares había tres hombres fumando y hablando entre sí. Uno de ellos giró la vista y saludó a Carl con la mano. Los otros dos no levantaron la vista, como si no existiéramos. Seguimos caminando hacia la segunda casa, Carl, al ver mi cara descompuesta intentó tranquilizarme:

- Oh, no te preocupes, no es nada, es un mal tipo, sólo lo están mojando un poco para que razone.

- ¿Y era necesario que yo lo viera? - le dije apretando los dientes para disimular mi ánimo baldado e inmediatamente me avergoncé por la hipocresía de la pregunta. Carl, sin parar la marcha, contestó medio riendo:

- Bueno, eso nunca se sabe...

Cuando llegamos a su casa, su mujer nos recibió con gran afecto, nos sentamos en el salón para comer la carne asada cortada en dados, servida deliciosamente en un cuenco y acompañada de un aguardiente seco. Sin saber cómo manejar esta situación pero violento por lo que me había sonado a amenaza, mis neuronas iban tan encabronadas que terminé por cubrirme de gloria preguntándole sin rodeos por qué le faltaba el dedo anular de su mano izquierda.

- Nuestra hija murió en un accidente de coche.

- Lo lamento... - me disculpé adivinando el resto.

Sonó su teléfono móvil, contestó y me dijo:

- Es el jefe. Tiene una cena de negocios en el restaurante del hotel y le gustaría que acudieras.

Tras dudar un momento, Carl decidió omitirme la escena del garaje y volvimos al coche caminando por la carretera. Obviamente no me quedaban ganas de preguntarle por qué puñetas dejaba el coche a medio kilómetro de su casa.

- Vais a cenar con uno de las familias que controla el gas en Argelia - me informó - Ha venido con su mujer y una asesora en inversiones.


Llegué al hotel a tiempo de darme una ducha y cambiarme. Bajé al restaurante donde todos ya habían llegado. A pesar de que el asado de cordero tocó el cielo apenas probé bocado, sólo tenía ganas de beber y beber, beberme la bodega entera del restaurante. Pero por cortesía a los invitados me contenté con una inexplicable cerveza sin alcohol. En la sobremesa, en cuanto el protocolo me lo permitió, me escapé al porche del restaurante desesperado por fumarme un cigarro.

Apenas lo había encendido, cuando oí decir a mis espaldas en francés:

- Por fin encuentro a alguien que fuma.

Me di la vuelta y me encontré al hombre de negocios argelino. Cara a cara se me parecía mucho al rey de Marruecos. Incluso en la edad.

- Veo que has optado por lo local - dijo señalando mi cigarro marca "kutrencigarretten"

- Bueno, después de tres semanas se me han agotado las reservas y no me ha quedado otra que integrarme - reí acercándole fuego.

- Eso está bien - rió dando una bocanada - He visto esta tarde tu restaurante, está quedando muy bien, enhorabuena, buen trabajo.

- Gracias, muy amable. ¿Está siendo un viaje fructífero?

- Derivados lácteos y huevos.

-¿Perdón? - me sorprendió que alguien cuyo negocio era nada menos que el gas se moviera también por perecederos.

Captó mi reacción:

- El producto da igual, compras donde sobra y lo vendes donde falta. Se trata es de mover el dinero de un lado para otro para hacerlo productivo.

- Siempre que haya demanda - puntualicé.

- No - rió - La demanda se puede generar. Todo lo que ocurre en este mundo, créeme, todo lo que ocurre tiene su patrocinador. Se trata de tocar las teclas adecuadas.

- Suena a teoría de la conspiración...

- Qué va, sólo son negocios. Aunque ciertamente la apuesta es escalable.

Y a veces se pasan de frenada, pensé mirando el cielo vacío de estrellas. El mundo en manos de unos ludópatas. Aquí fuera tronaba y hacía un frío invernal que me cortaba la cara.

El tipo apagó la colilla.

- Oye, me gustaría que conocieras a mi familia. Precisamente ahora estamos promocionando 35 apartahoteles de lujo en Argelia. Me gustaría que vinieras a verlos y me dieras tu opinión. Tengo un avión, si te parece bien, dentro un par de semanas podría ir a recogerte, visitaríamos uno de los apartahoteles, hablamos de cómo podríamos colaborar y por la tarde estarías de vuelta en Valencia. Sólo te cogería un día, te lo prometo.

- Gracias, acepto tu invitación - le dije e intercambiamos tarjetas.

- ¿Cómo es que hablas francés? - me preguntó al abrirme la puerta del restaurante.

- Soy medio inglés, medio francés.

- Ah - dijo haciendo un mohín de disgusto - pensaba que eras español.

- También lo soy - contesté y entendí que el negocio se acababa de ir al carajo dejándome en la duda de que si era por cuestiones de seguridad (las tensiones en esa zona en los últimos años eran palpables) o bien porque resultaba que el adalid de la globalización tenía prejuicios nacionalistas. Eran tiempos confusos.

Cuando por fin se acabó la sobremesa y conseguí escaparme a mi habitación, me dispuse a saquear el mini bar a cuenta del cliente. Apenas le había dado dos sorbos al mini Chivas cuando sonó el móvil. Su secretaria me esperaba abajo para llevarme a la discoteca de un pueblo cercano.

- Ya que nos vas a diseñar una, hemos pensado que deberías ver ésta porque está teniendo mucho éxito entre la gente de la ciudad.

Bajé al hall a regañadientes, profesionalidad ante todo, y la encontré acompañada de una chica de un metro ochenta tan inusualmente hermosa que me costó discernir si era real o el recorte de una revista de moda.

- Es mi prima, vive en Cerdeña, ha venido para pasar la navidad, esta noche viene con nosotros.


Al día siguiente, a las seis de la mañana, cuando bajé al hall del hotel pude ver a mi cliente hablando con Carl. Rara vez les había visto cruzar palabra, pero ahora, la forma en que se dirigían el uno al otro me sugirió la idea descabellada de que quizás tenían los papeles intercambiados y que mi cliente era sólo la parte visible, la cara bonita del negocio.

- ¿Has desayunado? - me peguntó Carl, haciendo ademán de llamar al camarero.

- No, gracias, déjalo, ya lo haré en el aeropuerto - respondí dándole la maleta al chofer. Lo cierto es que tenía ganas de desaparecer lo antes posible.

- Entonces, buen viaje - me dijo mi cliente dándome la mano - Hablamos la próxima semana.

- Sí, claro - mentí, plenamente consciente de que jamás los volvería a ver, puesto que así lo había decidido esa misma noche. Y de repente, en contra de mi principio de mantener distancia con mis clientes para evitar que las peleas pasen al terreno personal, sentí una profunda tristeza y no pude evitar darle un abrazo. Supongo que fue fruto de mi profunda gratitud y simpatía hacia alguien que durante dos años había confiado ciegamente en mi trabajo y se había esmerado mucho para que lo hiciera lo más cómodamente posible, haciéndome creer que en esta profesión tan cabrona aún es posible prosperar. Y ahora tenía el pálpito de que las cosas se le iban a torcer, como efectivamente pude comprobar varios meses después.

Recuerdo la soledad de aquella mañana, sentado en un banco del aeropuerto. Me sentía triste y vacío por esta otra etapa de mi vida que llegaba a su fin. Durante dos años había invertido mucho esfuerzo, dinero y entusiasmo, hasta el punto de desatender al resto de mis clientes y así poder focalizar toda mi atención en esta apuesta. Pero era evidente que me estaba metiendo en un berenjenal del que después me habría costado mucho salir.

No sé... corrupción, estafa, extorsión, delincuencia, crimen... son casos que a diario escuchamos o padecemos, pero casi siempre los interpretamos como incidentes aislados, independientes. Jamás había comprobado personalmente, aunque sólo fuera de refilón, la causal relación que todos tienen entre sí, dando engranaje al verdadero motor que mueve este mundo. Adivinen cuál.

Pero por encima de todo, lo que más me dolió es que se me mostrara tan fácil... tan al alcance de la mano.

Era la navidad del año 2009. El mundo entero aún se asomaba y palidecía de vértigo ante el tremendo agujero negro que unos putos tarados habían causado amparándose en un sistema sin control para el que ellos mismos habían dictado las reglas. En todas partes del planeta millones de personas estaban perdiendo su trabajo y sus ahorros abocándose muchos a una miseria que nadie se merece.
Yo me encontraba en una terminal del aeropuerto de Schwechat en Viena. A través de los ventanales podía ver caer los primeros copos de nieve en la pista provocando retrasos en los vuelos. Llevaba tres semanas fuera de casa y ahora lo único que deseaba era al menos llegar a tiempo para recoger por sorpresa a mi hijo en su último día de colegio antes de las vacaciones. Luego tocaba volver a empezar, otra vez, pero ahora sentía que algo se había roto y temía estar a punto de cruzar ese umbral a partir del cual mi vida profesional tendría más pasado que futuro.



St. Paul & The Broken Bones - Don't Mean A Thing (Live at the LC King Factory, 2013 Bristol Rhythm & Roots Reunion, Tennessee )

* St. Paul and The Broken Bones es una banda de soul formada en el año 2012 y con base en Birmingham, Alabama. De su primer disco Half the City (Single Lock Records, Febrero del 2014) se extrae esta canción.


corrupción crisis reflexiones humano


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23 octubre 2013

En busca de la innovación.

Proyecto Genoma de la Innovación.

En-busca-de-la-innovacion

Según Bill O'Connor, Corporate Strategist en Autodesk y fundador del Proyecto Genoma de la Innovación, si hay alguna palabra que suscite un gran interés en todo el mundo y en todos los sectores esa es innovación.

Desde CEOs, periodistas, gurús tecnológicos, coachs, académicos a ejecutivos, directivos, emprendedores o líderes mundiales como Obama y Hu Jintao, sin olvidar todo ese público efervescente que asiste insaciable a las conferencias que sobre este tema se celebran a lo ancho y largo de este planeta.

Hoy en día existen miles de talleres, libros, artículos, blogs, podcasts y tweets dedicados a ello, con tanta actividad cabría pensar que somos muy buenos innovando. Pero no es así.

Lo único cierto sobre la innovación es que es mucho más fácil hablar de ella que llevarla a cabo.

Y es que hay tantas metáforas entrelazadas con las que jugar, tantos modelos, paradigmas y términos en boga que uno puede pasar un estupendo y largo rato disertando sobre cosas que, siendo honestos, podríamos denominar IPNU (Interesante Pero No Útil). De hecho O'Connor opina que actualmente entre el 80% y el 90% del material relativo a la innovación podría calificarse de IPNU.

Para colmo está esa moda casi obsesiva por el voyeurismo creativo. Leer sobre las vidas y milagros de personajes innovadores como Steve Jobs, Richard Branson, Jeff Bezos, e incluso Benjamin Franklin y Thomas Edison, puede ser muy entretenido e instructivo, pero nos relega a un segundo plano en el que somos meros espectadores pasivos, centrando toda nuestra atención en lo que han hecho otros y no en lo que uno, por sí mismo, podría hacer. Para no perder la perspectiva, sería bueno marcar distancias con un filtro en el que nos preguntásemos a nosotros mismos: “Vale, si, pero... ¿Cómo puedo aprovechar yo eso?

La intención del Proyecto Genoma de la Innovación es sortear todas esas distracciones, profundizar más allá de las anécdotas irrelevantes y vaguedades que dominan gran parte de la literatura contemporánea sobre la innovación, y centrarse en los hechos reales para capturar y descifrar los modelos de pensamiento que los grandes innovadores han creado y aplicado en su propio trabajo. Se trata de pasar a la acción y ver lo que podemos aprender y utilizar, nosotros mismos, aquí y ahora, en nuestro día a día.

Para ello, dicho proyecto tiene como tarea estudiar una muestra de 1.000 innovaciones que hayan marcado nuestra historia, con el fin de detectar patrones comunes en la base de todas ellas que permitan crear herramientas prácticas y útiles para innovar en nuestro entorno actual.

Revisadas apenas las 100 primeras ideas, el equipo del proyecto ha descubierto un patrón simple, pero con un gran potencial: cada idea estudiada tenía en su epicentro una serie de "Preguntas clave para innovar" que fueron las que impulsaron la inquietud conceptual necesaria para dar pie a esa innovación.

Éstas son las siete preguntas aparecieron en el 40-60% de las innovaciones investigadas, y a menudo aparecían más o menos en este orden.
¿Qué podríamos imaginar?
¿Qué podríamos mirar de una forma diferente?
¿Qué podríamos utilizar de un modo diferente, o por primera vez?
¿Qué podríamos trasladar a un nuevo contexto, ya sea en el tiempo o en el espacio?
¿Qué podríamos conectar de un modo nuevo, o inesperado?
¿Qué podríamos cambiar, en términos de diseño o rendimiento?
¿Qué podríamos crear que sea realmente nuevo?

Preguntas-Proyecto-Genoma-Innovación

Menos cuento y más acción.

Una forma fácil de empezar es eligiendo algo en lo que estés trabajando en este momento y que creas que podrías aportarle un nuevo valor. Ten en cuenta que innovar no implica necesariamente inventar algo nuevo, también puede ser renovar, mejorar, perfeccionar o reformar un producto o servicio que ya existe.

Escribe ese "algo" que va a ser objeto de la innovación en medio de una pizarra, una hoja de papel o en la parte superior de un documento de texto.

Formula en el orden indicado las siete preguntas para innovar.

Realiza una lluvia de ideas (brainstorming) para dar respuesta a cada una de esas preguntas.

Analiza, prioriza y planifica acciones con las ideas más prometedoras.

El resultado de este tipo de brainstorming estructurado será un flujo de lo que llamamos "ideas innovadoras" que no son innovaciones por sí mismas, sino la simiente para generar innovaciones tangibles. Y el uso de las siete preguntas es una forma de asegurarnos que estas ideas puedan tener un valor potencial.

A partir de ahí, se tratará, que no es poco, de conseguir el suficiente conocimiento, experiencia y medios (nosotros mismos, otras personas o compañías, dependiendo del contexto en el que nos movamos) para transformar esas ideas en productos reales, servicios o experiencias.

Para O'Connor, el Proyecto Genoma de la Innovación es una herramienta estratégica que nos puede ayudar en nuestro trabajo diario a pasar del inmovilismo abstracto a la innovación efectiva y convertirla en una acción estimulante que nos brinde la capacidad de generar el mayor impacto positivo posible en un mundo ávido por aprovechar toda la innovación que le llega.

Bill O'Connor - The Innovation of Innovation. Directed by Jason Headley

* Nota. Esta es una traducción e interpretación personal sobre el artículo "The Innovation Genome Project" por Bill O'Connor.


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20 mayo 2012

Vas a luchar y vas a perder.



Vas-a-luchar-vas-a-perder

Hace unos años, iba yo todo pizpireto por la calle de camino a una reunión de trabajo con un cliente que pretendía poner en marcha una nueva marca comercial subsidiaria de un grupo industrial. Llevaba en la maleta las propuestas que, en líneas generales, darían forma a la nueva línea de productos, tenía treinta años y me reconciliaba con mi oficio jugándome muchos meses de trabajo a una sola carta.

Pero va y se me acerca, en un semáforo, un tipo a pedirme un cigarrillo y cuando le doy fuego, protege la llama con la mano tocando inevitablemente la mía. Luego se echa para atrás humeando y señalándome con el dedo, me planta con sorna un – Tu... tu te vas a pegar, chaval, y vas a perder - luego rompió a reír ventilando una larga ristra de dientes podridos y abismos negros.
Distraído en mis cosas, pensé un mira tú el zumbao éste, y apuré el semáforo para cruzar dejando atrás sus presagios de vinagreta - Vas a luchar y vas a perdeeeer, sé lo que me digo, polloooo... - me repetía amarrado a su carrito de cartones y dándole voz a su coral de seis perros.

Once horas más tarde, estaba yo en la cocina cortando tomates para la ensalada, mi mujer, a mis espaldas, asaba unas chuletitas de cabrito, nos íbamos a dar un festín. Todo había ido rodado, el cliente había estado exultante, las propuestas le habían entusiasmado: Harris, vamos a romper con esto, y quiero que estés conmigo, vas a ganar mucho, ya lo verás - me repetía una y otra vez eufórico perdido.

Demasiado... No sé, nunca me han salido las cosas tan fácilmente a la primera. No me puedo quejar, hago lo que quiero (o lo que puedo) pero, aún así, me da que mi peaje por esta profesión es algo caro. Vamos, que a mi estrella le falta fuelle. Así que de la alegría fui pasando a la mosca. ¿Y si me estaba siguiendo la corriente? ¿Y si no es quien cree ser y se me desinfla a mitad de la faena?

En ese instante me vino a la cabeza el incidente del semáforo - Vas a pelear y vas a perder... – me dije pensando en voz alta.

¿El pelo o los dientes? - apostilló mi mujer ensimismada con el chisporroteo de la plancha.

Diez años después recuerdo con pena a este cliente que nunca llegó a serlo, porque tras hacerme perder un año de trabajo no vi un céntimo. Resultó ser un inconsciente de esos que van ligeros por la vida porque las facturas de sus ilusiones siempre las acabamos pagando los pringados como yo. Ingenuo de mí por pensar que este perfil se daba exclusivamente en los políticos.

Pues no, el tipo era un quiero-y-no-puedo que maltrataba a sus empleados, que tomaba los beneficios empresariales por beneficios personales y al que acabaron por ningunear sus propios distribuidores y proveedores hartos de su verborrea incansable y sus aires de grandeza vendiendo milongas de un mundo de colorines. A mí me empobreció, en ambos sentidos, y mi mujer tuvo la certeza de que jamás haríamos el viaje de novios pospuesto.

Y es que me ha hecho falta paladear el vértigo de los años trabajados sin tregua, los batacazos y gatillazos de todo tipo, codo a codo con un montón de empresarios, algunos malos y otros buenos (grandes tipos, grandes recuerdos), para aprender con sangre algo tan obvio como a saber diferenciar las iniciativas empresariales de las iniciativas personales. Porque resulta que las primeras no siempre son tan genuinas como parecen, sino que a veces ocultan expectativas personales de quien las promueve y que nada tienen que ver con el beneficio marcado.

Pero aún con la duda, cómo rechazarlas. Porque, como cantaba Cristina Lliso de los Esclarecidos: se puede perder sin llegar a jugar, y eso si que es triste, si lo es. Y es por eso que tolero esta zanahoria en la frente, trasnochando en una eterna timba de póquer amañada (porque así son las cosas) peleando mis cartas, mis ojeras, mi dignidad por sacarles una mano buena, y aún con ello... me lo estoy pasando bien, rematadamente bien. A mi manera, claro.


Nobody puts baby in the Corner - Erik Truffaz Quartet.*

* Erik Truffaz es un trompetista de jazz contemporáneo nacido en Suiza, 1960. Músico bastante prolífico y con un particular estilo de improvisación, se le conoce como "el Papa del electro-jazz" por fusionar su música con elementos de hip hop, rock y música electrónica.


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10 marzo 2012

Design Quotes: Creativity

29 ways to stay creative.
by motion graphics studio To-Fu Design. Sapporo, Japan.

Director/Designer: Sei Ohmori
tofudesign.blogspot.com



Great masters of Italian design: A. Castiglioni, V. Magistretti, M. Zanuso, E. Sottsass
Great masters of Italian industrial design: Achille Castiglioni, Vico Magistretti, Marco Zanuso and Ettore Sottsass.


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Design Quotes: Objectified

Industrial design documentary by Gary Hustwit, 2009.


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15 junio 2011

Texturas {1}



injected cast zamak_photo © Somerset Harris Zamak inyectado
photo © Somerset Harris

injected cast zamak close view © Somerset Harris Zamak inyectado
photo © Somerset Harris


Texturas {Transformados del metal. Foto: zamak inyectado UNE-EN 12844}
Zinc Aluminium Magnesium And Kupfer (cobre en alemán)

*Densidad 6,6 g/cm³ y baja temperatura de fusión a 386 °C.
La aleación de Zamak fue desarrollada por la New Jersey Zinc Company en 1929.


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18 abril 2011

De Euroluce 2011 y sudor.


No me gustan las ferias, me generan cierto desasosiego. La sensación de no ir lo suficientemente rápido, de no acertar el momento ni el sitio adecuado. Me tropiezo con ideas que hace años algún cliente me rechazó, encuentro otras tan básicas y anodinas que personalmente jamás reuniría el valor suficiente para planteárselas a un cliente, y sin embargo ahí están: haciendo mercado. Pero también descubro algunas propuestas tan brillantes que me enrabieto por no ser yo el ocurrente. No es por falta de humildad, los repasos de humildad ya me los llevo cada vez que arriesgo demasiado por un proyecto que me acaba arruinando y endeudando hasta las cejas, luego toca levantarse, cada vez más cansado, cada vez más dolido. Me cabreo porque me ha faltado lucidez y altura para resolver mi trabajo con esa soltura.

A pesar de todo ello he ido a Milán, Euroluce 2011, por la insistencia y cortesía de un cliente que me ha invitado full-time a comprobar si las cosas se mueven o no y hacia dónde.

Lamps collage from Lighting fair Euroluce Milán 2011

Quizás mi cliente pensó en algo tan esquivo como la gestión del valor creativo. Dícese que aquellos que vivimos de desempeñar un trabajo técnico / creativo necesitamos recibir estímulos que nos mantengan en lo que estamos, despiertos e inquietos. Nuevas metas, nuevos retos y cierta comodidad de medios. No es fácil sentarse ante una hoja o pantalla en blanco y empezar de cero, una y otra vez. Porque cuando el trabajo se repite, cuando los análisis de mercado ya no sugieren nada nuevo, cuando las estrategias que propones a tus clientes desfilan mentalmente como un "déjà vu" maqueado, suele ocurrir que uno acabe intrigando en temas ajenos donde poner a prueba los límites a riesgo y cuenta de la actividad que te mantiene.

Mi primera reacción al volver a esta feria, doce años después, y comprobar la enorme diversidad de propuestas presentadas, fue decirme: Puñetas, el mundo no necesita una lámpara más, me doy media vuelta y me piro a comerme una cotoletta a la milanesa.

Pero la obligación manda. Y cierto compromiso personal también. Me gusta pensar que los diseñadores somos una especie de traductores de la tecnología. La manipulamos y aplicamos con el fin de hacerla accesible y agradable para todo el mundo. Y ese análisis genera comercio. Proporciona a las firmas algo nuevo que producir y en mejores condiciones, proporciona a los comerciales y distribuidores nuevos argumentos con los que defenderse, consolida el trabajo y además es recíproco. Cualquiera de nosotros puede ser prescindible en un momento dado y sin embargo, formamos tal familia en el empeño que si uno falla... siente que le falla a los demás.

Y en esa estamos, en estos tiempos en los que una panda de Intocables e Innombrables andan inexplicablemente aún asaltando a sus anchas las cuentas de este su mundo cojo: aquí me encuentro rodeado de todas estas empresas industriales de economía tangible. Da igual si hay piratas, genios, advenedizos, triunfadores, apaleados, pequeños, mediocres o gigantes: todos tiran para adelante, con la mejor cara posible, con un desgaste enorme por proponer, con sus mejores galas, los nuevos conceptos, materiales, aplicaciones y tecnologías que quizás con suerte revolucionen el mercado.

Mis respetos por todos los que estuvieron allí, y los que no pudieron. Quizás, como a muchos, las circunstancias me están enseñando a apreciar mejor el sudor ajeno, cuando lo hay. Y de eso, aquí había mucho.

* A la memoria de Deogracias Robles Gutiérrez, gerente de Rogu Iluminación. Cliente y amigo.
29/03/2015


Amanda Palmer - Everybody's Gotta Live (Epilogue). Who Killed Amanda Palmer Part.9
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